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Fan Fics >> Vínculo de Sangre Íbamos de camino a casa de Adam porque se le había olvidado el móvil. Todavía no le había dicho o ...

  1. #21
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    Íbamos de camino a casa de Adam porque se le había olvidado el móvil. Todavía no le había dicho o insinuado nada. Estaba tan nerviosa que si no me moría por no hacerlo, me moriría de un infarto. ¿Cómo le decías a tu mejor amigo que te querías acostar con él? Adam tan sólo me veía como una amiga más. Él podría tener a cualquier chica mejor que yo. Era guapo, simpático, caballeroso, atractivo y tenía unos ojazos azules preciosos. Otra chica en mi lugar no hubiera llegado al postre con semejante tío al lado.

    Bajamos del coche perfectamente aparcado en el garaje. Por lo que se veía, Adam vivía en un apartamento...

    Después de coger el ascensor y mantenernos en un silencio sepulcral, entramos en el piso. La casa estaba decorada bastante bien y al parecer, Adam vivía solo.

    -Te voy a enseñar una cosa.- Adam me cogió de la mano y me arrastró, literalmente, por todo el salón.

    Corrimos por el pasillo hasta llegar a su cuarto. La habitación se encontraba perfectamente ordenada y limpia. Nada que ver con la habitación de Andreas. Las paredes estaban pintadas en blanco y azul. Una cama de matrimonio se encontraba justo en medio del cuarto el cual, no tenía muchos muebles.

    -Ven.- Adam abrió una puerta que daba a una terraza. Mis pies no me permitían ir muy deprisa. Notaba como en cualquier momento me caería desplomada al suelo y la cabeza no había dejado de dolerme desde que terminé de cenar.

    Salí a la terraza dejando que el aire fresco de la noche me golpeara en la cara. Todavía no había llovido pero no tardaría en hacerlo. Los truenos sonaban a lo lejos haciendo que el silencio en el que estábamos desapareciera y el cielo se iluminara.

    -Tienes muy buenas vistas.- Desde allí se podía ver el gran lago rodeado de árboles por el que habíamos pasado con el coche.

    -Sí.- Notaba como me miraba pero yo no me atrevía a hacerlo, simplemente seguía mirando al horizonte observando el agua del lago.- Las vistas han mejorado desde hace unos minutos.- Me volteé nada más escucharlo. Sus ojos se clavaban en los míos como nunca lo había hecho. Me agarró muy fuerte del brazo haciendo que mi cuerpo se pegara al suyo mientras me seguía mirando. Podría jurar que en ese momento dejé de respirar, que cada célula de mi cuerpo se congeló y que mi corazón se saldría por la boca. Veía como acercaba su cara a la mía mientras el agarre se hacía más fuerte. Sus labios se pegaron a los míos con delicadeza. Sus ojos se cerraron buscando, así, sentir más mientras los míos permanecían abiertos sin entender muy bien lo que estaba pasando. ¡Adam me estaba besando! Sus labios estaban calientes y suaves. No se movían, simplemente estaban posados sobre los míos.

    Se separó lentamente y me soltó el brazo. Sus ojos se volvieron a abrir dejándome ver lo azules que eran.

    -Lo siento.- Bajó la cabeza esperando alguna torta por mi parte. ¿Qué hacía ahora? Tarde o temprano yo debería de haber hecho lo mismo pero no me imaginaba que él se me adelantara. Este era el momento que había estado esperando toda la noche y ahora no sabía qué hacer.

    Al ver que no le respondía, volvió a mirarme. Su cara mostraba vergüenza y un ligero rubor se había formado en sus mejillas. Estaba tan encantador de esa manera...

    Le cogí de la chaqueta que tenía puesta haciendo que se agachara un poco y se acercara a mí. Mis manos se posaron en su cara mientra yo me empinaba intentando estar a la misma altura. O ahora o nunca... Junté de nuevo nuestros labios y cerré los ojos. Sus brazos me rodearon la cintura apretándome a su cuerpo. Podía notar como su pecho chocaba contra el mío. Su boca se abrió buscando entrar en la mía. No se lo negué. Su lengua pasó a adueñarse de mi boca en cuestión de segundos. No era un beso desesperado sino un beso tierno, con sentimiento. El estómago me dio un vuelco cuando recordé el por qué estaba haciendo todo esto. No quería que Adam se hiciera una idea equivocada sobre mí.

    Después de escuchar un trueno, una gota me cayó en la nariz. Luego, miles de ellas caían sobre nosotros haciendo que el contacto de nuestros cuerpos se rompiera.

    -Será mejor que entremos dentro.- Le seguí hasta entrar en su cuarto. Me había empapado sin darme cuenta. Los truenos y los rayos se dejaban ver y oír en toda la habitación. Adam entró en el baño que había en la habitación y sacó una toalla con la que me rodeó.

    -Gracias.- Le sonreí. La lluvia me había calado y estaba empezando a tener frío.

    -Te llevaré a casa.- Se sacó las llaves del bolsillo del pantalón poniendo rumbo hacía la puerta.

    -¡No!- Se giró de inmediato. No podía dejar que esto acabara aquí o no tendría más oportunidad. Las imágenes de Andreas, Simone, Bill y en especial las de Tom, pasaron por mi cabeza. Si no lo hacía por mí, lo tenía que hacer por él. No podía apartarlo de su familia... Los ojos me empezaron a escocer y a humedecerse.- No quiero irme.- Una lágrima se escapó recorriendo mi rostro. Adam me miró extrañado. Se acercó a mí y me secó las mejillas con su dedo.

    Nuestros labios se volvieron a unir esta vez con más fuerza. Jamás me habían besado de esa manera tan "pasional". Me quitó la toalla que cubría mis hombros y me agarró ambos brazos para que mi cuerpo se pegara al suyo. Las lágrimas no dejaban de salir mientras nos besábamos. Decidí quitarle la chaqueta empapada que todavía llevaba, tirándola al suelo. Me dejaría guiar por mis propios impulsos y dejaría la mente en blanco. No quería pensar en lo que estaba a punto de hacer porque si lo pensaba, saldría corriendo como una loca.

    Sus manos se deslizaron hábilmente por mi espalda hasta dar con la cremallera del vestido. La bajó lentamente. Sus labios pasaron a mi cuello haciendo que se me erizara cada centímetro de mi piel. El vestido se cayó al suelo dejándome sólo en ropa interior.

    La vergüenza que sentía en ese momento era indescriptible. Sentía como mis mejillas se iban tornando rosadas cuando vi como se separaba para observarme de arriba a bajo. No me atrevería a mirarle a la cara después de esto.

    Se acercó de nuevo a mí y pasó mis manos por su cuello. Me cogió en volandas para dejarme en la cama. El corazón me iba a un millón por hora mientras veía como él permanecía de pie quitándose la camisa y los pantalones. Respiraba agitado y sus ojos no dejaban de recorrer mi cuerpo.

    En la situación en la que me encontraba debería de estar excitada pero en lugar de eso, estaba nerviosa y asustada. Tenía al hombre perfecto sólo para mí y yo estaba como un flan. Sabía lo que iba a pasar ahora y en la locura en la que me estaba metiendo. Siempre me había imaginado este momento como algo mágico y con la persona a la que amaba e iba a compartir el resto de mi vida. Sabía las consecuencias que esto me traería. No volvería a ver a Adam como lo había visto hasta ahora. No volveríamos a ser los amigos que éramos pero ¿merecía la pena perder eso por una persona que me trataba como una mierda?

    Su cuerpo se recostó sobre el mío. Sentía su cuerpo pegado y mojado en mi barriga. Su boca se volvió a juntar con la mía dando paso a besos mucho más húmedos y fogosos. Sus labios descendieron por mi cuello. De vez en cuando se le escapaba algún suspiro ahogado al igual que a mí. La situación empezaba a caldearse y yo cada vez tenía más calor. Me estaba empezando a acostumbrar a todo esto.

    No me percaté que mi sujetador había desaparecido hasta sentir la lengua de Adam posarse en mis pechos. Metí un bote en la cama en cuanto miré para abajo. Adam levantó la cabeza con una sonrisa cariñosa.

    -¿Todo bien?- Se le notaba que estaba aguantando la risa. Me tapé lo más rápido que pude los pechos roja como un tomate.

    -¡No te rías!- Adam se había empezado a descojonar en mi cara. Le tiré uno de los cojines que estaban en la cama sin éxito, ya que a él cada vez le hacía más gracia la situación.

    -Jajajaja.- Se ponía la mano en la barriga sin poder contenerse. Me estaban entrando unas ganas enormes de salir corriendo de allí, meterme en mi cuarto y no salir en meses.- Eres tan mona.- Paró de reírse para dar paso a una sonrisa dulce.

    -No te rías de mí.- En ese momento me salió una voz de niña pequeña impresionarte. Cogí otro de los cojines que estaban a mi espalda para taparme la cara. Me sentía estúpida comportándome de esa manera pero me habían entrado ganas de llorar y no quería que él me viera.

    -¡Eh!- Me apartó el cojín de la cara y me la levantó para que le observara.- No me reía de ti sino contigo.- Se puso a cuatro patas sobre mí e hizo que nuestros labios se volvieran a tocar.- Eres tan jodidamente encantadora que...- Nuestros ojos estaban fijos en los del contrario.

    -¿Que qué?- De pronto, su cuerpo cayó sobre el mío haciéndome sentir cada músculo de su cuerpo. Sus labios se abrían y cerraban junto con los míos. Me cogió las manos e hizo que las pusiera en su pecho. Mi pasividad le tendría que estar desesperando. Él se estaba encargando de darme placer a mí y yo no estaba haciendo nada así que decidí pasar a la acción.

    Mis manos recorrieron sus pectorales de arriba abajo haciéndole estremecer sobre mí. Sentí como una de sus manos paseaba por mi barriga provocando que la encogiera. Noté como su entrepierna se restregaba contra mi pierna. Estaba...dura. No era que me sorprendiera pero debía reconocer que me asusté.

    Mis bragas se deslizaron hasta la mitad de mis piernas. Era el momento en el que peor lo estaba pasando. Nunca había dejado a nadie que me viera desnuda y ahora llegaba él y lo hacía.

    Su cuerpo se echó a un lado mientras que su lengua campaba a gusto por mi cuello. Las caricias fueron bajando desde mis pechos hasta mi barriga. Cerré los ojos fuertemente cuando noté como sus manos iban bajando peligrosamente. Un suspiro se me escapó cuando sentí uno de sus dedos acariciarme justo ahí. Pude notar como sonreía sobre mi cuello mientras me lo besaba.

    Sus dedos acariciaban mi vagina suavemente. Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron cuando sentí como uno de ellos entraba en ella. Abrí los ojos rápidamente y vi como Adam me observaba desde su posición. Una sonrisa pícara se formó en su cara cuando vio como me estremecía con cada caricia.

    Noté como otros dos dedos entraban en mí. Mi espalda se encorvó cuando empezó a sacarlos y a meterlos muy despacio. Sentí como poco a poco mi vagina se humedecía y como los movimientos eran mucho más rápidos.

    De repente, Adam sacó los dedos y se separó de mí. Se levantó de la cama, fue hasta la mesita de noche y sacó un condón. Mi respiración estaba agitada pero lo estuvo más cuando vi como se bajaba los bóxer y se ponía el preservativo. Se volvió a recostar sobre mí besándome dulcemente.

    -¿Preparada?- ¡No! No estaba preparada pero ya había llegado hasta ahí... Estaba tensa, muy tensa y tenía mucho miedo.- Relájate y si te duele me avisas.- ¡¿Cómo que doler?! ¡No, no, no, no, no, no, no!

    Por un momento dejé de respirar y de escuchar los truenos y la lluvia golpear la ventana. Por un momento pensé en decirle que parara y que me llevara a casa... sólo por un momento.

    Nos volvimos a fundir en un beso lleno de ansias y excitación. Noté como la punta de su pene acariciaba mi entrada y como segundos después entraba sin ningún pudor.

    Mi gritó se fundió con el ruido de los truenos. Las lágrimas empezaron a caer sin control por el dolor que sentía. Mi corazón latía a la velocidad de la luz y mi pecho subía y bajaba intentando ahogar cada grito de dolor que quería salir de mi boca.

    Me agarré a las sábanas lo más fuerte que pude. Adam permaneció parado dentro de mí, sin moverse, solamente esperando a que dejase de llorar.

    -¿Estás bien?- Asentí con la cabeza como única respuesta.- El dolor se irá. Simplemente no pienses en él.- Me volvió a besar intentado distraerme. Era el dolor más horrible que había sentido en mi vida. Mi cuerpo ardía y mi mente se nublaba.

    Adam empezó a deslizarse lentamente dentro de mí mientras me besaba. Después de un rato el dolor desapareció dando lugar a corrientes de placer. Mis brazos rodeaban la espalda de Adam pegándolo más a mí. Sus manos sujetaban mis piernas para mantenerlas abiertas. Nuestras respiraciones estaban agitadas y nuestros cuerpos sudorosos. A Adam se le escapabas gemidos de placer cada vez más seguido por lo que pensé que no tardaría mucho en terminar.

    A pesar de llevar un buen rato haciéndolo, no sentí nada especial como había oído. Al parecer, cuando hacías el amor llegaba un momento en el que el punto de placer era tan grande que llegabas al orgasmo, yo estaba tan ocupada derramando lágrimas silenciosas y pensando en la locura que estaba haciendo por una persona que seguro no se lo merecía, que no era capaz de disfrutar de este momento.

    Las embestidas cada vez se volvían más rápidas y los gemidos de Adam más ruidosos. Entraba y salía más rápido de mí y llegó un momento en el que sentí como su pene entraba por completo sacudiéndose de placer. Yo, en cambio, no sentí nada.

    Adam salió de mi cuerpo y se quitó el condón haciéndole un nudo. Me besó en los labios con delicadeza. Estábamos sudando y con las respiraciones agitadas debido al esfuerzo.

    Se levantó de la cama y fue al baño. La cama estaba desecha bajo mi cuerpo así que cogí la sábana y tapé mi desnudez. ¡Lo había hecho! Había dejado de ser virgen pero yo no me sentía diferente, al contrario, me sentía peor que antes. Era incapaz de ver con claridad, el cuarto daba vueltas y me dolía todo el cuerpo. Lo peor no era eso sino el como me sentía por dentro. Sucia, avergonzada, derrotada y sin orgullo. Había perdido lo único que me hacía especial de la manera que más odiaba. Había criticado durante tanto tiempo a mis amigas por liarse con tíos simplemente por tener sexo y ahora lo hacía yo.

    Adam salió del baño con unos pantalones puestos. Se había duchado y olía muy bien. Se sentó en la cama y me apartó el pelo de la cara.

    -Estás muy guapa sudada.- Me dio una toalla.- Dúchate si quieres.- Se levantó de la cama y se fue a la terraza a fumar.

    Me relié la toalla, recogí mi ropa esparcida por el suelo y me fui al baño. Una ducha me ayudaría a sentirme mejor. Entré en el baño y me miré al espejo. Mi pelo estaba alborotado y estaba muy blanca. Tenía muy mala cara y encima todo el maquillaje se me había corrido dejando un recorrido negro por mis mejillas. Y Adam decía que estaba guapa. Mentiroso...

    Me metí en la ducha y abrí el grifo. El agua estaba a una temperatura ideal. Empecé a enjabonarme todo el cuerpo hasta que me quedé paralizada. Un río de sangre se escurría entre mis piernas dándole al agua un tono rojo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y aunque estuviera mojada, sentía como un sudor frío emanaba por mis poros.

    Salí de la ducha corriendo. Tenía que llamar a Andreas para que viniera por mí lo más rápido posible. Me sentía realmente mal. Mi cuerpo fallaba, no veía con claridad, tenía frío y estaba muy mareada. Las lágrimas empezaron a brotar de nuevo de mis ojos.

    Cogí el móvil y busqué, como pude, el número de Andreas.

    Piiiiiii, Piiiiiiii, Piiiiiiiii

    -¿Elizabeth?- La voz al otro lado del móvil de Andreas, era de extrañeza.

    -Andreas, necesito que vengas por mí.

    -¿Por qué lloras? ¿Estás bien?

    -Por favor, ven pronto.- Lloraba sin poder evitarlo. La sangre no dejaba de salir y estaba dejando todo el baño lleno de sangre.

    -¿Dónde estás?

    -En casa de Adam. ¿Sabes dónde es?

    -¡¿Qué heces en casa de Adam?!

    -Andreas, por favor.- Me costaba hablar debido al llanto descontrolado.

    -Está bien. Espérame en la puerta. Voy para allá.

    -No se lo digas a nadie.

    -Tranquila.


    Colgué el móvil y me vestí como pude. Aún estaba mojada así que la tarea se me hacía más difícil. El suelo del baño estaba hecho un desastre. Cogí papel higiénico y empecé a limpiar la sangre que estaba en el suelo. Ésta no paraba de salir y cada vez me estaba mareando más.

    Salí del baño corriendo y vi a Adam sentado en la cama con cara de sorpresa. Me fui directa hacia la puerta de la habitación para salir de allí. Adam se levantó de la cama y fue detrás mía.

    -¿Dónde vas?- No veía con claridad su cara pero por el tono de su voz, juraría que estaba enfadado.

    -De...deja...déjame.- Estaba mareada debido a la perdida de sangre. Notaba como se escurría por mis piernas .

    -¡No!- Me agarró del brazo con fuerza.- Si quieres yo te llevo pero no pienso dejar que te vayas sola.

    -Estaré bien...por favor.

    -¡No!- Me solté de su agarre y abrí la puerta.

    Salí lo más rápido que pude del apartamento y bajé las escaleras. Adam me seguía corriendo gritándome que me parara. Iba dejando un rastro de sangre por donde pasaba pero él no se percató.

    El agua caía sobre mí como cataratas. Las aceras estaban mojadas con pequeños riachuelos pasando por ellas. Todo estaba oscuro y no podía ver nada. Los truenos retumbaban por todo mi cuerpo. Un rayo cayó cerca, iluminando el cielo. Levanté la mirada del suelo y vi, justo delante, a la persona a la que menos deseaba ver en estos momentos.

  2. #22
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    Estaba parado al lado de su Cadillac negro, que apenas se veía en la oscuridad. Sólo los rayos me dejaban verle con claridad. Mi corazón se paró, dejé de respirar, la sangre dejó de fluir por mis venas y dejé de prestar atención a la lluvia, a los rayos, a los truenos y a la voz de Adam a mi espalda.

    Tom dejó de mirarme para observar a Adam con una ceja alzada. Éste último se calló de inmediato en cuanto se percató de la presencia de Tom.

    Sólo se escuchaba el inmenso ruido que hacía la lluvia al caer sobre el suelo. Tom seguía mirando a Adam sin ningún pudor. La tensión se palpaba en el ambiente haciendo que nadie dijera nada.

    La cabeza me daba vueltas, la vista se me nubló y mis piernas dejaron de sujetarme. Caí al suelo de rodillas. Tom dio un paso al frente para ayudarme pero paró al instante en cuanto vio como Adam se agachaba a mi lado.

    -¿Estás bien?- Pasó su brazo por mi cintura levantándome con cuidado. No podía mantenerme en pie ni un segundo sin caer de nuevo.

    Tom permanecía quieto. No se movía ni un ápice cada vez que me veía caer. Su mirada seguía fija en todo movimiento que hacía Adam. Lo miraba con el entrecejo fruncido.

    -Te meteré dentro, estás empapada.

    -No. Nos vamos a casa.- Tom habló por primera vez. Su voz era neutral sin mostrar ningún estado de ánimo. Con la poca luz que había y encima sin verle muy bien debido a lo mal que me encontraba, no sabía si estaba enfadado o algo así.

    -¡No puede moverse!- Adam le gritó. Se dio la vuelta para entrar en el portal cuando Tom se paró en frente de nosotros a una velocidad inimaginable. La tenue luz que alumbraba la puerta me dejó ver como los ojos de Tom se volvían de un rojo intenso.

    -Dámela.- Le ordenó. Sentí como Adam me apretaba más a su cuerpo. Mi cabeza dio contra su pecho, escuchando los latidos acelerados de su corazón. Cerré los ojos. Las fuerzas me fañaban.

    -No.- Su voz temblaba. No sabía exactamente las consecuencias que le traería negarse a las ordenes de Tom.- No pienso dejar que la conviertas en un monstruo como tú.- Abrí los ojos de golpe al escuchar a Adam. Levanté la cabeza y le observé. Adam miraba a Tom con desafío y con la mirada fija en sus ojos.

    -Lamento desilusionarte pero ya es demasiado tarde.- Se estaba riendo de él. ¿Adam sabía lo que éramos?

    -Enhorabuena. Has destrozado otra vida, Kaulitz.- Adam dejó de agarrarme haciendo que mi cuerpo cayera al suelo de nuevo. Levanté la vista y vi a Adam a unos cuatro metros de mí llevándose la mano a la mejilla.

    Cuando quise darme cuenta, estaba en los brazos de Tom. Estaba empapado al igual que yo. En otro momento, le hubiera gritado por haberle pegado a Adam pero ahora no me encontraba con ganas.

    Me puso con cuidado en el asiento del copiloto y cerró la puerta. La lluvia me impedía ver dónde estaba Adam. Tom entró cerrando la puerta con fuerza. Sus ojos seguían rojos y sus colmillos fuera. Verlo así daba auténtico miedo. Jamás pensé que una persona, si podía llamarlo así, provocara esa sensación. Me hacía sentir tan pequeña cada vez que me miraba.

    El coche arrancó y mi cabeza se dio contra el cabecero del asiento. Por la fuerza con la que las gotas golpeaban la luna del coche, supuse que íbamos muy deprisa. La calefacción estaba encendida para que nos sacáramos aunque yo no pudiera sentir nada en estos momentos.

    Su cabeza se giró en mi dirección. Sus ojos se habían vuelto azul claro casi blancos y los abría desmesuradamente. Nunca lo había visto así por lo que en ese momento deseé salir del coche. Nos detuvimos con un golpe seco. Sus ojos estaban fijos en mis piernas. Dirigí yo también mi vista hacia ellas, viendo como se volvía a deslizar la sangre por ellas.

    -¿Qué coño has hecho?- Su voz sonaba desesperada. El coche frenó con un golpe seco.- ¡¿Qué coño has hecho?!- Su grito hizo que me sobresaltase.

    -Na...nada.- Me pegaba todo lo que podía a la puerta del coche. Quería salir de allí. Tenía miedo.

    -¡¿Cómo que nada?!- Me agarró del brazo llevándome hacia él.- ¡Has dejado que el gilipollas de Adam te folle!- Estaba muy enfadado y me estaba empezando a hacer daño.

    Empecé a llorar como una niña pequeña. Sentía como por mis piernas corría aquel fluido rojo por el que hacía unos meses perdía la cabeza.

    Me soltó repentinamente. Sus ojos se movían por muy ligeros con la mirada perdida en algún punto. Aproveché su despiste para salir como pude del coche. No podía permanecer un segundo más con él. Apenas podía dar un paso sin tambalearme pero no podía parar.

    Oí como la puerta del coche se abrió y cerró fuertemente. Corría sin saber dónde. No veía nada con tanta oscuridad. La lluvia me golpeaba la cara con fuerza. Choqué contra algo duro que hizo que me cayera de espaldas al suelo. Las muñecas se elevaron por encima de mi cabeza presionadas sobre el suelo fangoso. Abrí los ojos y vi como Tom estaba a cuatro patos sobre mí haciendo presión sobre mis muñecas. Sólo los rayos que caían cada pocos segundos me dejaron observarle y ver el lugar en donde estábamos. Había árboles a nuestro alrededor y al otro lado el lago que había visto desde la terraza de Adam.

    -Tienes una extraña manía por huir.- Sus ojos estaban fijos en mi cuello.- ¡¿Por qué lo has hecho?!- Las muñecas se me estaban empezando a quedar dormidas y el agua me estaba empezando a calar la ropa.

    -¡Por ti!- Su agarré se aflojó en cuanto mencioné esas palabras. Mis lágrimas se camuflaban entre las gotas de agua que caían a nuestro alrededor.

    Su rostro se acercaba peligrosamente hacia el mío. Sus ojos no habían cambiado de tonalidad y sus colmillos ahora estaban a mi vista. Cada vez podía ver con más precisión la perfección de su rostro. Jamás lo había tenido tan cerca y la sensación no era, para nada, desagradable.

    No recuerdo nada de lo que pasó después. Sólo sentí como mi cuerpo era consumido por un fuego abrasador que recorría cada centímetro de mi organismo y como mi corazón dejaba de latir, mi respiración se volvía entrecortada y mi boca se llenaba del mejor sabor que había experimentado nunca.


    Al fin y al cabo, el infierno no era tan malo después de todo.

  3. #23
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    Capítulo 13


    Pequeñas gotas de lluvia caían sobre mi cara. Estaba despierta pero no quería abrir los ojos. Estaba relajada y tranquila como nunca en mi vida lo había estado. Me encontraba en paz conmigo misma y con mi alrededor. No sabía dónde me encontraba pero no me preocupaba en absoluto. Mi cuerpo flotaba sobre el agua dejándose llevar por la corriente. No me importaba nada en este momento, me daba igual si a mi alrededor se iniciaba una guerra o explotaba una bomba a mi lado, no me movería lo más mínimo.

    En mis labios cayó una de las gotas que caían sobre mí. Me lamí los labios para saborear aquel preciado sabor a nada. Cuando lo hice, noté como no era ese el sabor del agua. Era un sabor dulce, muy dulce, haciendo que mi cuerpo pidiera más de ese extraño líquido.

    Abrí los ojos para ver de qué tipo de elixir se trataba. Mi cuerpo dejó de flotar para sólo mantener mi cabeza fuera del agua. ¡No era agua sino sangre!

    Me moví nerviosa entre ese fluido rojo. Estaba rodeada de sangre por todos lados. Mi cara y mi pelo estaban manchados. Nadé lo más rápido que pude intentando buscar algo a lo que agarrarme.

    Después de llevarme un buen rato intentando buscar algún sitio para salir de aquel infierno rojo, mi cuerpo dejó de moverse. Quería nadar y salir de allí pero algo me lo impedía. Mi pie se había quedado enganchado en algo que no me permitía moverlo. Notaba como esa cosa tiraba de mí hacia el fondo. Me movía rápidamente, intentando mantener mi cabeza fuera pero era imposible. Lo que fuera que me estaba agarrando, no me soltaba.

    Mi cabeza se hundió. Llené los pulmones de aire para aguantar lo máximo posible dentro. Abrí los ojos para intentar averiguar qué era eso que no me dejaba salir y poder soltarme. Intentaba ver algo pero me era casi imposible. Miré mi pie enganchado en algo y llevé mis manos hasta eso. No era una rama ni nada por el estilo sino una mano. Intenté nadar hacia afuera, me estaba quedando sin aire y no aguantaría mucho más.

    La mano me arrastraba hacia el fondo con muchísima fuerza. En mis pulmones no quedaba aire y el miedo tan sólo hacía que mi cuerpo consumiera más oxígeno. Miré en dirección hacia donde me sumergía. Alguien salió de allí poniéndose enfrente mía. Solté el poco aire que me quedaba cuando vi de quién se trataba.

    Tom estaba con los ojos abiertos y sin ninguna expresión en el rostro. Sus manos agarraron cada uno de mis brazos, inmovilizándome. Me estaba mareando y la vista se me nublaba.

    Me mostró sus afilados colmillos y chupó mi cara de la misma manera que lo hizo aquella vez. Me mente estaba a punto de caer en la inconsciencia cuando un fuerte dolor se apoderó de mi cuello. Vi como una sangre más oscura que la que me rodeaba, se deslizaba ante mis ojos. El dolor había desaparecido para dar paso a una sensación increíblemente extraña. No era dolor sino algo parecido al placer.

    Me abandoné en sus brazos. Mostrándome débil ante él. En ese mismo momento me hubiera dado igual lo que hubiera hecho conmigo porque le hubiera permitido todo.


    Abrí los ojos con lentitud. Sentí mi cuerpo sobre algo blando y cómodo y giré la cabeza para ver dónde me encontraba. La habitación estaba casi a oscuras por lo que la tarea se me hizo más complicada.

    Reconocí casi al instante que me encontraba tumbada en una cama. A mi lado derecho se encontraba una lámpara. Busqué el interruptor para encenderla. La luz que desprendió no era demasiado fuerte sólo lo suficiente para ver la habitación.

    Sentí algo moverse a mi lado. Giré la cabeza lentamente, asustada. Mi mente y mi cuerpo no dieron crédito a lo que veían mis ojos. ¡Tom estaba durmiendo a mi lado! Pegué un bote en la cama que hizo que me cayera de ésta.

    Intenté no hacer demasiado ruido pero fue imposible al ver que estaba desnuda. Una idea muy descabellada se me cruzó por la cabeza. ¡¿Qué hacía yo con Tom metida en la cama y desnuda?! No me acordaba muy bien de lo que había pasado después de meterme en el coche de Tom pero deseaba con todas mis fuerzas que no hubiera pasado nada extraño mientras estaba inconsciente.

    Me volví a meter en la cama después de buscar con la vista mi ropa por toda la habitación. Me daba miedo acercarme a él. Parecía tan tranquilo y apacible ahí dormido. Tom sí estaba vestido pero con ropa distinta a la de la pasada noche, lo que hizo que no me asustara tanto por lo que pudo haber sucedido.

    Era tan perfecto que casi producía placer el mirarlo. Estaba por encima de las sábanas sin tapar. Nunca me había fijado tan bien en él como en este momento. Sus ojos cerrados, su piel perfecta y ese piercing en el labio, eran de lo más tentador. ¡¿Pero qué hacía pensando esas cosas?! Me golpeé a mi misma la cabeza por pensar esas cosas.

    Me di cuenta que desde la comisura de los labios hasta la barbilla, había una mancha alargada de un color marrón. Supe que esa mancha se trataba de sangre. Guié uno de mis dedos hacia ese lugar para limpiarle, cuando la mano de Tom voló hasta alcanzar mi muñeca y detenerla.

    Sus ojos se abrieron y me miraron. En ese momento debería de haber sentido algo extraño en mi cuerpo como cada vez que me miraba, pero en lugar de eso, no sentí nada.

    -No late.- Susurré.- ¡No late!- No daba crédito a lo que sentía, bueno, en este caso, a lo que no sentía. Que mi corazón no latiera sólo podía significar una cosa...

    -¿De qué te sorprendes? Sabías que pasaría.- Me soltó y se levantó de la cama. Tenía razón, ¿de qué me sorprendía?

    Mientras se miraba en el espejo, arreglándose las trenza, me acordé de la pasada noche. Tom se había puesto como un loco por lo de Adam. ¿No se alegraba porque al final no iba a morir?

    -¿Por qué fuiste por mí?- Seguía mirándose en el espejo sin ni siquiera volverse, aunque sabía que me miraba a través del espejo.

    -Andreas no hubiera llegado a tiempo.

    -Tú tampoco llegaste a tiempo.- Bajé la cabeza recordando la locura que había hecho. Noté al instante su mirada clavada en mí.

    Levanté la cabeza para observarle. Algo dentro de mí, no sabía muy bien qué era, se agitó. Una descarga eléctrica, un pinchazo en el estómago y una sensación extraña, fueron algunas de las cosas que sentí cuando le vi acercarse.

    -¿Crees que llegué tarde?- Estaba de pie delante de la cama, observando mis reacciones. Intentaba ponerme nerviosa y lo estaba consiguiendo.

    -Si pretendías que no me acostara con Adam, sí.- En su cara se formó una mueca de desagrado. Al parecer, no le gustaba escuchar su nombre.- Pero si por el contrario, lo que querías era recogerme, creo que llegaste a tiempo.- Me costó sudor y lágrimas decir todo eso sin pararme a pensarlo aunque quizás me ayudó no mirarle...

    -Entonces, sí que llegue tarde.- La cama se hundió a mi lado. Se había sentado y me estaba intimidando.

    - Era lo mejor para los dos...- Rodeé mi cuerpo con la sábana y me levanté. Él me imitó, siguiendo mis pasos hasta el espejo.

    -Lo mejor para ti y para él, no para mí.- Se había puesto a mi espalda, haciendo que me pusiera muy nerviosa.

    -¿Por qué no te cae bien Adam?- Sus ojos se entrecerraron. Quizás me dijera algo como "a ti qué te importa" típico de él.

    -Es un gilipollas y además...- Me agarró e hizo que me diera la vuelta poniéndome cara a cara con él.- ...le gusta tocar mis cosas.- Ese odioso "crack" que había sentido la noche anterior, volvió aparecer. Ese sentimiento tan extraño que recorría todo mi cuerpo, se apoderaba de mi estómago y hacia que no pensara con claridad.

    -No...no ha to...cado nada...tuyo.- Parecía estúpida hablando así. Tom sonrió con malicia. No sabía qué daba más miedo, cuándo sonría o cuándo estaba serio.

    Me acorraló entre la mesa que estaba debajo del espejo y él. Sus manos se posaron a cada lado del mueble tapándome cualquier tipo de salida. Desvié la mirada hacia el enorme ventanal tapado por las cortinas rojas de terciopelo. No sabía si pegarle una patada y salir corriendo pero, aunque odiara pensar esto, quería quedarme quieta.

    Algo húmedo recorrió mi cuello. Su cabeza estaba metida entre la mía y mi hombro, y nuestros cuerpos tan sólo separados por mis manos, que cogían la sábana para que no se cayera. Su lengua paseaba cómodamente por mi cuello haciendo que me estremeciera el simple contacto. Sus colmillos acariciaron la piel de mi cuello. Sabía que iba a morderme como lo había hecho en otra ocasión pero no sentía miedo sino que era como si mi cuerpo necesitase sentirlo de alguna manera.

    Alguien golpeó la puerta. Tom se detuvo y miró en dirección a ésta con mala cara. Me vi tentada a agarrale de la camiseta cuando se separó de mí para abrir la puerta. Cuando me mordía dolía mucho pero ahora quería que lo hiciese.

    Abrió la puerta y apareció detrás una chica morena con algo en las manos.

    -Traigo la ropa, señor.- Tom se echó a un lado para que pudiera pasar. La chica dejó la ropa en la cama y se marchó, no sin antes mirarme de arriba a bajo de reojo y hacer una extraña reverencia a Tom.

    Dio un portazo bastante fuerte cuando la chica se fue. Permanecía de pie, frente la puerta, dándome la espalda. Es esos momentos me preguntaba en qué estaría pensando.

    Mi garganta empezó a secarse cuando un aroma que nunca había olido llegó hasta mi nariz. Tragué saliva para hidratar aquella zona que se hacía rasposa poco a poco. Sentí mis ojos arder y mis piernas moverse solas en dirección a Tom. Una fuerza superior a mí me obligaba a ir hacia él sin querer. Mi cuerpo y mi mente tan sólo percibían ese dulce olor que provenía de él.

    Me situé detrás de él hasta que éste se dio cuenta de mi presencia y se dio la vuelta. En lo primero que me fijé fue en su muñeca sangrando, manchando la mano que lo sujetaba. Sus ojos azules casi blancos y su boca entreabierta dejándome ver sus colmillos, era una escena de lo más aterradora. La boca se me hacía agua observando como su sangre salpicaba el suelo haciendo el mismo ruido de las gotas de la lluvia al caer. Quedé hipnotizada mirando aquel fabuloso líquido rojo deslizarse por su mano, su brazo hasta el codo y luego llegar al suelo, donde ya se estaba formando un charco.

    -Bebe.- Le miré con los ojos abiertos como platos. Aunque fuera lo que más me apetecía en este momento, no lo haría.

    -N-no.- Rodó los ojos cansado. Los míos observaban como la sangre iba cesando. Su boca se paró justo en frente de la herida, la abrió y se mordió. Me llevé las manos a la boca intentando no gritar. Por su barbilla bajaba su propia sangre escurriéndose por cuello.

    -Bebe.- Me tendió de nuevo su brazo.- Se va a cerrar.- Negué con la cabeza varias veces mientras mantenía mi boca tapada con mis manos. Suspiró desesperado y con la otra mano agarró mi cara fuertemente. Me hacía daño apretando con tanta fuerza por lo que tuve que agarrarle del brazo para que me soltase. Era imposible que tuviera tanta fuerza con una sola mano. -Vamos.- Me puso en frente a su brazo. El olor inundó mis fosas nasales e hizo que algo dentro de mi boca saliera lo que provocó que Tom sonriera de esa forma que hacía que se me helara la sangre.

    Me soltó y acercó más si cabía, su muñeca a mi boca. Aunque mi mente me dijera que no, mis manos se abalanzaron hacia su brazo atraiéndolo hacia mí. Pasé mi lengua por su muñeca sintiendo el mismo sabor que creí sentir en mi sueño. Mis colmillos se clavaron en su piel. Sentí como rasgaba la carne y mi boca se llenaba de aquel maravilloso líquido que no dudé en tragar. A Tom se le escapaban pequeños gemidos de dolor cuando yo empezaba a succionar. Por mis venas corría fuego y mi cabeza sólo estaba pendiente de aquel maravilloso sabor.

    -Basta.- Su voz sonaba ahogada.- ¡Basta!- Apartó su brazo de mí tan rápido que casi me caí.

    -Lo siento.- Notaba como mis ojos ardían y mis colmillos chocaban contra mis labios al hablar.

    -Tienes que aprender a controlarte.- Su respiración estaba agitada al igual que la mía. Pasé mis dedos por mi boca para limpiar la sangre que caía por mi cuello y se colaba por debajo de la sábana que tapaba mi desnudez.

    Tom empezó a ir hacia la puerta. ¿Que pasaba? ¡¿Se iba?! ¡Ni siquiera sabía dónde estaba y me iba a dejar sola!

    -Vístete, vendré en diez minutos.- Abrió la puerta y se paró antes de salir.- No menciones ni una palabra de lo que ha pasado.- Se dio la vuelta mirándome.-Será nuestro secreto.- Y se fue.

    Corrí hacia el espejo. Mis ojos pupilas apenas se podían distinguir del resto del ojo. Tenían un color azulado casi blanco con sólo un pequeño punto negro en medio. Abrí la boca para ver mis colmillos pero ya no estaban. ¿Todo esto significaba que ya era una vampiresa? ¡Haberlo hecho con Adam había funcionado! Por un lado estaba contenta porque al final todo se había solucionado pero por otro lado, me sentía mal por Adam. Sabía que me pasaría esto antes de hacerlo pero que Tom le hubiese pegado tan sólo empeoraba ese sentimiento de culpabilidad.

    Cogí una toalla que estaba encima de la cómoda y la mojé en una pila llena de agua. La pasé por la boca y el cuello limpiando cualquier rastro de lo sucedido minutos antes. "Nuestro secreto", esa frase se me repetía una y otra vez mientras me limpiaba. Todavía no me creía lo que había hecho. ¡Había bebido su sangre y por muy extraño que pareciera, me había gustado! Tenía entendido que los vampiros sólo beben la sangre de los humanos y no la de otros vampiros pero como dijo Mara una vez: "Las películas habían hecho mucho daño".

    Me quité la sábana para empezar a vestirme. Mi pelo cayó por mi espalda hasta el final de ésta. Me quedé impresionada cuando lo vi tan largo y liso. ¿Cómo me había crecido tanto? ¡Incluso mi cuerpo había cambiado de nuevo! Mis curvas estaban mucho más definidas, estilizando mi figura. Mis ojos se habían vuelto del mismo color que los de Tom y Bill, mi piel más pálida y sin rastro de imperfección. ¿Esto significaba que era una vampiresa por completo?

    Me senté en la cama a esperar que viniera. Su olor aún permanecía en ella. Todavía no me creía lo que había hecho, le había chupado la sangre a Tom, ¡a Tom! y lo peor de todo era que me había gustado. Su sangre sabía tan bien que desde que la bebí me encontraba como en otro mundo. Las preocupaciones y la angustia que había sentido por Adam había desaparecido para dar paso a un estado de éxtasis en el que todavía me encontraba. Ahora era una vampiresa y lo notaba en todo mi cuerpo. Me sentía muy bien, sin una pizca de cansancio o malestar como en los últimos meses.

    La puerta se abrió y apareció Tom con distinta ropa y sin una mancha de sangre. Sin duda, el aura que desprendía era muy distinta a la de los demás. A veces, me preguntaba en qué estaría pensando pero después de unos segundo terminaba por darme por vencida. Su vista siempre se dirigía un lugar en ninguna parte. Parecía tan solitario, triste y despreocupado que desde que llegué, jamás le había visto sonreír.

    Me hizo un gesto con la cabeza para que le siguiera. Me resultaba muy complicado andar por lo apretado que tenía el vestido. Me había costado mucho cerrar la cremallera por la altura de los pechos y mucho más, intentar recogerme todo el pelo. Siempre había llevado el pelo por la altura de los hombros y ahora lo tenía casi hasta el fin de la espalda.

    Tom iba por delante de mí, andando sin mirar atrás. Resultaba muy difícil seguirle con estos taconazos... El pasillo era tan largo que parecía no tener fin y había un montón de puertas a los lados de las cuales, en alguna de ellas, se escuchaban gritos realmente aterradores por lo que supe que no estábamos solos en aquel lugar.

    Empezamos a bajar unas escaleras de mármol preciosas decoradas por una alfombra de un rojo intenso en medio que recorría toda la longitud de ésta y alumbradas por velas a los lados.

    -¿Dónde estamos?- Yo sólo miraba a mi alrededor intentando averiguar dónde me encontraba, sin ningún éxito. Todo esto no me era nada familiar pero tenía una extraña sensación respecto a este lugar, apenas iluminado.

    -¿Que más da?- Seguía bajando sin detenerse. ¡¿Cómo qué que más daba?!

    -A mí sí me importa.- Lo que pretendió ser un grito por mi parte, se transformó en un susurro casi inaudible. ¿Por qué no había podido gritarle?

    Se paró a cuatro peldaños de mí y yo le imité. ¿Se habría enfadado por lo que le había dicho? Me estaba poniendo nerviosa al ver que no decía nada.

    -Tienes miedo.- Observé como poco a poco, su cuerpo se iba poniendo más tenso. Las pequeñas llamas de las velas empezaron a temblar haciendo que millones de sombras se movieran a nuestro alrededor.

    -N-no.- Vale, estaba cagada. Las reacciones de Tom eran tan dispares que por la situación pensé en que se volvería y me mataría.

    -No era una pregunta.- Siguió bajando con los puños apretados. La tensión se podía cortar con un cuchillo.

    Seguimos bajando hasta llegar a un enorme salón. Me quedé con la boca abierta, literalmente, cuando vi aquellas escena. Había un montón de gente haciéndolo el amor entre todos. Los gemidos eran ensordecedores y las escenas vomitivas, obscenas y sucias.

    Todo el mundo paró cuando se percataron de nuestra presencia. Los ojos de todos ellos se dirigían hacia a Tom, a continuación se tiraron en el suelo con las manos delante de la cabeza en dirección a él. Había visto esa escenas en muchas películas cuando entraba un rey o algo parecido y todo el mundo le hacía esa reverencia. ¿Por qué se lo hacían a Tom?

    Tom se volvió y me miró. Mis ojos estaban clavados en aquella rara escena. Todos desnudos e inclinados hacia nosotros cuando minutos antes estaban haciéndolo de la manera más sucia que jamás habría imaginado.

    Me cogió la mano y tiró de mí para bajar los pocos peldaños que me quedaban. Sentir su piel sobre mi piel había provocado que todo mis sentidos se hubieran reducido al del tacto sólo para sentir aquella conexión. El contacto de su mano con la mía me provocaba pequeñas descargas eléctricas por todo el cuerpo.

    Cruzamos todo el salón corriendo sin ni siquiera detenernos un segundo. Aquellas personas seguían agachados en la misma dirección. Todo esto era tan raro y escalofriante. El ambiente de ese lugar era extraño que me producía la misma sensación que cuando me quedaba sola en mi cuarto y a oscuras a los seis años. La sensación de que alguien te observa, el miedo, las ganas de gritar y llamar a tu madre para que viniera. En ese momento me encontraba así...como una niña asustada en una habitación a oscuras.

    -¿Dónde vas tan deprisa?- Tom paró en seco. Frente a nosotros se encontraba un hombre de la misma estatura que Tom, moreno y vestido de una manera muy parecida a la de Bill. Sus ojos eran como los míos, la misma forma, el mismo color...

    -Nos vamos.- La voz de Tom sonó casi como un susurro. Su mano apretó la mía con más fuerza que antes.

    -Quedaos a desayunar. Seguro que estáis muertos de hambre.- Me miró y sonrió. Esa sonrisa era tan parecida a la de Tom... Echó a un lado a éste haciendo que Tom me soltara y se paró frente a mí.- Te pareces tanto a tu madre.- Su mano se deslizó por mi cara acariciándola suavemente.

    -¿Co-conocía a mi madre?- Enarcó una ceja al yo formular la pregunta. Parecía no entender lo que le decía.

    -Nos tenemos que ir.- Tom dio un paso hacia delante y le dio un pequeño empujón a aquel hombre en el hombro. Se puso entre él y yo rompiendo el contacto entre nuestras miradas.

    -Entiendo... Dale recuerdos a mi querida hermana de mi parte.

    -Descuida... padre.- Me sorprendí cuando escuché a Tom decirle "padre". No sabía cómo no me había dado cuenta antes. El parecido entre ellos era más que notable.

  4. #24
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    Tom volvió a agarrarme para salir de allí. Mientras caminaba hacia la puerta notaba como la miraba de aquel hombre nos observaba. Los pasos de Tom eran decididos y rápidos, tanto, que incluso me costaba ir tras él.

    Dos hombres nos abrieron la enorme puerta, no sin antes, hacernos una reverencia. ¿Qué le pasaba a todo el mundo?

    La luz del exterior impactó contra mis ojos haciendo que me soltara del agarre de Tom y retrocediera hacia el interior. Me llevé las manos a los ojos protegiéndome de los rayos del sol.
    Jamás la había sentido tan intensa y luminosa. Era como si me hubieran puesto de cara al sol.

    -Toma.- Quité las manos de los ojos con cuidado y vi como Tom me tendía unas gafas de sol.

    -Gracias.- Las cogí y me las puse.

    Las puertas se cerraron cuando salimos fuera. La lluvia de anoche había dejado el suelo mojado y un olor a humedad propio del otoño. Aún se podían ver algunas nubes en el cielo de la noche anterior en la que mi vida había cambiado.

    Caminábamos por un camino de piedras rodeado de jardines con rosas rojas y negras. Nunca había visto rosas negras, eran tan bonitas. Me vi tentada a coger una aunque no fuese la acción más correcta. ¿Por qué acabar con la vida de aquella flor? Paré justo en frente de una rosa roja preciosa. Sus pétalos parecían de mentira tan rojos y perfectos.

    -¿Por qué te paras?- Tom estaba a unos dos metros de mí. Miró las rosas y volvió a mirarme.

    -Me gustan las rosas.- Sentía como si ya hubiera vivido esto, como si ya hubiera estado aquí y hubiera tenido la misma conversación.

    -Coge una y vámonos.- Empezó a andar de nuevo dándome la espalda.

    -No es justo.- Tom se paró y se volvió.

    -¿El qué no es justo?

    -Que acabe con su vida simplemente porque me gusta... No es justo.- Tom suspiró y saltó al jardín donde estaban todas las rosas. Se paró justo delante de la rosa roja en la que me había fijado antes. La arrancó con un suave movimiento y se quedó mirándola.

    -Toma.- Estaba a mi lado tendiéndome la flor. Era sorprendente como pasaba de un lugar a otro tan rápido que era imposible verlo.

    -Gracias.- Sin duda, Tom era una caja de sorpresas. Su actitud me dejó perpleja. Nuestros dedos se tocaron fugazmente haciendo que Tom retirase su mano a la velocidad de la luz y empezara a andar de nuevo.

    Empecé a caminar detrás de Tom con la flor en mi mano. Acaricié suavemente uno de sus pétalos. Su tacto era como el terciopelo, incluso a la vista lo parecía. Sabía que jamás había visto una flor como esta pero la sensación de haber vivido esto antes no paraba de repetirse.


    [...]


    El viaje en coche se había vuelto silencioso. Tan sólo se escuchaba el ruido del motor y el de los coches pasar por nuestro lado. Tom permanecía en silencio y tan sólo conducía sin mover la mirada de la carretera ni un segundo.

    Cuando llegara a casa metería la rosa en agua para que no se marchitara. Estaba tan nerviosa por llegar a casa que las manos estaban empezando a temblarme. Quería ver a Andreas, a Simone, a Gordon, a Bill, y por qué no, también a Mara. Tenía ganas de abrazarles y contarle a Andreas todo lo que me había pasado. Me encontraba genial y estaba empezando a ver las cosas de una manera distinta. Una de las cosas que veía diferente, era precisamente "ver". Incluso con las gafas seguía viendo igual a como veía antes. Con las gafas los colores dejaban de brillar de esa manera desmesurada para dar paso a unos colores menos brillantes. No podía parar de observar a cada persona que caminaba por la calle. Todos parecían tan ajenos a lo que sucedía a su alrededor. Estaba segura que ninguno de ellos conocía la existencia de vampiros. Seguro que alguna vez se habían tropezado con uno por la calle o incluso, han trabajado, han hablado o se han enamorado de alguno. Lo último debía ser lo peor. ¿Cómo te puedes enamorar de un vampiro? Viven para siempre, no se hacen viejos nunca y tú vas envejeciendo poco a poco mientras observas que ellos no cambian. El aire misterioso que les rodea y su presencia imponente tienen que hacer que te sientas atraída por ellos.

    Reconocía a muchos vampiros entra la multitud. Pasaban desapercibidos fácilmente. Niños pequeños, mujeres, hombres... habían muchos entre los humanos. Hace un año, yo era igual que ellos. Quizás, también me había encontrado con alguno y no me había dado cuenta de nada. Los vampiros permanecían en la oscuridad sin demostrar quienes eran realmente. En eso se basaría mi vida a partir de ahora. En ocultarme en la oscuridad y mostrarme al mundo de una manera distinta.

    Miré por el rabillo del ojo a Tom. Él había nacido como vampiro y había tenido que fingir toda su vida que era normal. ¿Cómo se sentiría? Nunca había demostrado una señal de felicidad en su rostro. Había visto a todos reírse y pasárselo bien menos a él. Una sonrisa era lo único que me faltaba ver en su cara.

    -¿Quieres una foto?- Me sobresalté al escucharle. Se había dado cuenta que lo estaba mirando pero ¿cómo? Ni siquiera me había mirado una sola vez.

    Volví de nuevo a mirar por la ventanilla. Incluso pensé que me había puesto roja. ¡Qué vergüenza! Me sentía francamente estúpida.

    -¿Por qué no sonríes?- Aquella pregunta me salió de lo más profundo de mi ser. Yo seguía mirando por la ventanilla del coche como la gente disfrutaba de aquel soleado día de domingo.

    -¿Por qué lo preguntas?- Su mirada no se apartaba de la carretera. Su expresión no había cambiado ante mi pregunta aunque diría que la situación le hacia gracia.

    -Nunca te he visto sonreír.- Se me había formado un nudo en el estómago. Hablar tan directamente con él era algo que no había hecho. Había tenido más conversación con Tom en dos días que en todo un año.

    -Eso no significa que no lo haga.- Me había pillado. Era verdad. Él me odiaba, me lo dejó claro desde el principio. ¿Por qué iba a sonreír delante de alguien a la que odia?- ¿Por qué no sonríes tú?

    -¡Yo sí sonrío!- Lo miré enfadada. Enfado que se me quitó en cuanto nuestras miradas se cruzaron. Aparte mi vista de su mirada penetrante.- Lo hago siempre, tú, sin embargo, sólo sonríes para asustarme.- La voz que me salió era parecida a la de una niña pequeña porque era así como me sentía. Pequeña e indefensa ante él.

    -Lo sé.- El coche se paró en un aparcamiento en el que no había ningún coche salvo el nuestro.

    No me dio tiempo a contestarle cuando Tom se bajó del coche, dio la vuelta a éste y abrió mi puerta. Supuse que quería que bajase. ¿Por qué nos habíamos parado de repente?

    -Baja.- Estaba temblando con la rosa en mi mano.- No voy a hacerte nada.- Tom pareció darse cuenta de mi nerviosismo y de lo que estaba pensando.

    Bajé con cuidado. Entre los tacones y el vestido que me apretaba, apenas podía moverme. Notaba la presión del vestido sobre mis pechos y como la cremallera de atrás amenazaba con romperse. Tom cogió la rosa del asiento del copiloto donde la había dejado yo, y se la llevó con él al maletero. Vi como lo abría y empezaba a rebuscar en el.

    Estábamos en un lugar solitario. No se escuchaba ni un murmullo sólo el sonido de algún coche en la lejanía. En frente de mí, había una casa vieja y desvalijada. Parecía que se caería en cualquier momento.

    -Ponte esto.- Tom llevaba en sus manos una sudadera XXXL de las que él se ponía.

    -¿Pa-para qué?

    -Eso va a estallar en cualquier momento.- Dirigí mi mirada hacia mi escote. Estaba apretada por todos lados. Si respirase haría tiempo que me hubiese muerto.

    -No mires...- Tom enarcó una ceja y suspiro. Me dio la sudadera y se volvió.

    Miré a mi alrededor por si había alguien que pudiese verme. Puse la sudadera encima del capó del coche. La tarea de bajarme la cremallera se había vuelto más difícil de lo que pensaba. Por mucho que quisiera, no bajaba. Por un momento pensé en llenar mis pulmones de aire y reventarla pero me daba pena, era un vestido muy bonito.

    -Esto...Tom...- Tom se dio la vuelta y me miró cansado.- ¿Puedes bajarme la cremallera?- Era la situación más extraña en la que me había encontrado. Sentía mis mejillas arder por la vergüenza.


    Pareció pensárselo un momento pero al cabo de unos segundos levantó la cabeza y me miró.

    -Date la vuelta.- Asentí e hice lo que me ordenó. Eché mi pelo hacia delante para que no le molestara.

    Sentí la presión que hacia sobre la cremallera y como intentaba bajarla sin éxito. Una de sus manos se posó sobre mi espalda para apoyarse. Era tan suave y cálida... No se movió lo más mínimo sino que permaneció parado allí. Otra vez, las descargas eléctricas recorrían mi cuerpo pero esta vez con más intensidad. Cada vez que me había tocado, lo había hecho bruscamente y sin ningún miramiento pero ahora, lo hacia con delicadeza. Noté como la cremallera descendía lentamente por mi espalda hasta llegar al final. Sentí un gran alivio cuando la presión desapareció. Su mano aún permanecía sobre mi piel. No la quitaba y yo tampoco quería que lo hiciese. Me sentía tranquila y relajada, sin ningún tipo de preocupación. El mundo pareció detenerse en el instante en el que su mano empezó a bajar por mi espalda. Abrí los ojos incrédula. Todo a mi alrededor desapreció para tan sólo quedarnos él y yo en medio de la nada.

    -Date prisa.- Su mano se retiró con brusquedad. Me volví agarrando el vestido para que no se cayese.

    Tom se había dado de nuevo la vuelta. Me bajé el vestido y me lo quité. La noche anterior había sido Adam el encargado de quitármelo y hoy había sido Tom. Vi como se sacaba un paquete de tabaco del bolsillo, sacaba uno y se lo fumaba. Un montón de humo empezó a ondear en el aire mientras Tom se volvía a meter el paquete en el bolsillo.

    Cogí su sudadera para ponérmela. Desprendía su olor. Me subí la cremallera lo más arriba que pude. Me llegaba casi por las rodillas y las mangas me estaban muy grandes, al igual que todo lo que rodeaba mi cuerpo.

    -Ya.- Me miró de arriba abajo para luego fijarse en mi cara. Aseguraría que se fijó porque estaba roja como un tomate.- ¿Dónde pongo el vestido?

    -Tíralo. No creo que te vuelva a servir.- Empezó a andar hacia aquel edificio en ruinas que había visto antes.

    Caminaba a dos metros de distancia de él con el vestido en la mano. No entendía por qué íbamos a aquel lugar. Aún podía sentir su mano en mi espalda. Se había quedado clavaba con fuego en ella. Cada vez que me acordaba de lo que había pasado, escuchaba de nuevo ese "crack". Algo se rompía poco a poco dentro de mí y tenía miedo de descubrir que era.

    Entramos en aquella casa vieja. Dos hombre enormes estaban delante de una puerta grande de madera que no concordaba en nada con la casa. Pude notar al instante, que ellos también eran vampiros. Al igual que todas las personas que había visto hoy, aquellos dos hombres también nos hicieron una reverencia.

    -Tira esto.- Tom cogió mi vestido y se lo dio a unos de los hombre que aún permanecía inclinado hacia delante.

    -Sí, señor.- Lo cogió y se marchó. El otro, nos abrió la puerta dejándonos ver lo que había tras ella.

    Era un lugar cargado de una energía extraña. Tom empezó a caminar hacia el interior y yo le seguí. Era enorme, con una barra y sofás con mesas pegados a la pared, rodeando aquel inmenso sitio. A los lados de la barra, vi grandes jaulas y elevadas plataformas.

    -¡Hey, Tom!- Unos chicos, vampiros también, estaban sentados en uno de esos sofás con unas cervezas en la mano. Eran dos chicos rubios (uno más que el otro), uno con el pelo largo y liso, y el otro con el pelo corto y gafas.

    Tom se dirigió hacia ellos y se sentó al lado del chico de las gafas. Yo permanecía parada delante de la puerta observando como hablaban entretenidos. Uno de ellos dijo algo que hizo que los dos chicos me mirasen y empezaran a reírse. Me estaban empezando a cabrear con tanto cachondeo.

    -Guapa, ¿por qué no te sientas con nosotros?- El chico del pelo largo levantó la mano para captar mi atención.- ¡Vamos, acércate!- Empecé a andar despacio hasta ellos.

    Sobre la mesa había dos jarras de cerveza y unos papeles desordenados. Los dos chicos me miraron, analizando cada detalle.

    -Siéntate.- El chico de las gafas se movió hacia el lado de Tom. El que me había llamado dio unos golpecitos en el hueco que se había formado a su lado. Me senté lo más lejos de él que pude.- Me llamo George.- Me tendió su mano en señal de saludo.

    -Elizabeth.- No se la cogí sino que miré hacia otro lado. Me sentía incómoda entre ellos.

    -Yo soy Gustav.- El chico de las gafas habló por primera vez. Él no me dio la mano sino que cogió su jarra de cerveza y le dio un trago.

    -Tom, no entiendo por qué no nos la habías presentado antes.- Tom ni siquiera levantó la vista de los papeles que estaba viendo.

    -Creía que no te iba a interesar.

    -¡¿Estás de coña?! ¿Cómo no me iba a interesar una chica tan guapa como Elizabeth?- Tom levantó la vista y la clavó en George. Conocía esa mirada. Era la misma que puso cuando vio a Adam conmigo.

    -¿Dónde está el baño?- Rompí el duelo de miradas que se había formado entre George y Tom.

    -A la derecha de la barra.- Gustav, el chico de las gafas, fue el único que me contestó.

    Me levanté lo más rápido que pude para desaparecer de allí. Mientras caminaba hacia donde me había dicho Gustav, notaba los ojos de los presentes clavados en mi espalda. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo cuando fui consciente de la tensión que se había vuelto a formar a mi alrededor. Aceleré el paso hasta desaparecer por la puerta del baño.

    Los baños estaban bastante limpios, no como los típicos de discotecas que estaban hecho una porquería. Los azulejos negros y blancos daban un toque "oscuro" a aquel lugar. Todo estaba decorado con un estilo minimalista algo complicado. Los lavabos eran raros al igual que todo lo que se encontraba allí.

    Mi aspecto no era muy bueno. El intento de coleta que me había hecho antes de salir de aquella casa, había desaparecido para dar paso a una coleta medio caída con mechones de pelo que salían por todas partes. La sudadera de Tom me dejaba un hombro descubierto y apenas podía verme las manos con lo larga que me estaban las mangas. Decidí echarme un poco de agua en la cara para despejarme. El agua se escurría de mis por mis manos, mis brazos, y se colaban por el interior de la sudadera, mojándola lentamente. Levanté mi cabeza para mirarme en el espejo. Me asusté cuando vi a George detrás mía.

    -Siento si te he asustado.- Se acercaba poco a poco a mí con una sonrisa malvada.

    -No pasa nada.- Intenté tranquilizarme después del susto que me llevé. La situación no me gustaba nada.

    Se acercaba mientras yo le observaba por el espejo. Sus ojos se volvieron rojos como los que le había visto a Tom en muchas ocasiones. George se situó a mi espalda y apartó el pelo que cubría mi cuello.

    -Tienes una piel muy suave.- Sus dedos acariciaron mi cuello y yo, vulnerable, me estremecí. Me dio la vuelta y me puso frente a él.- Eres preciosa.- Me rodeó la cintura con sus enormes brazos. Pude sentir su "excitación" contra mi pierna.

  5. #25
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    Los nervios me podían y yo no sabía que hacer. Estaba bloqueada. No pensaba, no miraba, no podía moverme... Sus labios se pegaron a los míos y su lengua entró en mi boca. ¿Quería que parara? No lo sabía en ese momento. Mi cabeza me decía que parara pero mi cuerpo permanecía inmóvil ante mis órdenes. Un sólo pensamiento, una sola persona, rondaba mi cabeza todo el tiempo. Tom, Tom, Tom y Tom. ¿Por qué demonios pensaba en él ahora? Tenía que reconocerlo, quería que apareciera y me sacara de allí. ¡Ven, Tom! ¡Ven, Tom! ¡Ven, Tom! ¡Ven, Tom! ¡Ven, Tom! ¡Ven, Tom! ¡Ven, Tom! ¡Ven, Tom!

    Cerré los ojos con todas mis fuerzas. George cogió la cremallera y fue bajándola lentamente mientras me besaba de una manera dulce pero a su vez desesperada.

    -¿Te parece bonito, Hägen?- Abrí los ojos al escuchar su voz. Jamás me había alegrado tanto al escucharla y mucho menos, había tenido tantas ganas de salir corriendo hacia a él y llorar como una niña pequeña.

    George se iba separando más de mí mientras Tom se acercaba con sus aires de chulo hacia nosotros. Una sonrisa cínica estaba dibujada en su cara, una sonrisa que yo conocía demasiado bien. Su mano voló hasta el cuello de Georg en una milésima de segundo, y lo empotró contra los azulejos negros y blancos del baño.

    -¿Así que es verdad?- Tom dejó de sonreír y George lo hizo ahora.- Lo noté desde el primer momento pero quería comprobarlo.

    -No juegues conmigo, Georgi.

    -Pero estoy en lo cierto, ¿verdad?- Tom se tiró encima de George en el suelo y empezó a golpearle la cabeza contra éste repetidas veces. La escena daba auténtico pavor y los ruidos de la cabeza de George contra el suelo helaban la sangre. Sentí la ira de Tom recorrer mi cuerpo. Sus ojos estaba desencajados y sus manos se estaban empezando a teñir de rojo.

    -Basta...Basta...¡Basta!- Mi grito hizo que Tom parase al instante. Su respiración estaba agitada y su cuerpo rígido como el hielo.- Para, por favor.- Empecé a llorar tal y como había deseado minutos antes. Me derrumbé en el suelo sin apenas fuerzas para mantenerme en pie.

    -Jajajaja.- George empezó a reírse como un loco bajo Tom, éste estaba mirándolo más tranquilo. Soltó a George y se levantó colocándose bien la ropa.- Si yo lo sabía...- George le imitó tocándose la cabeza.- Lo siento.- George me tendió la mano para ayudar a levantarme del suelo. Sequé las lágrimas que se escurrían por mis mejillas con las mangas de la sudadera y se la cogí. Aun me fallaban un poco las piernas pero pude ponerme de pie. Me sentía avergonzada, humillada y completamente estúpida y todo por culpa de aquel melenudo. Hice lo que debería de haber hecho desde el primer momento, le pegué una bofetada que hizo que se empotrara contra la puerta de uno de los cubículos del baño. ¿Desde cuándo tenía yo tanta fuerza?

    -Vale. Me lo merezco.- George se levantó del suelo, le dio una palmada a Tom en la espalda y se fue, dejándonos solos.

    Había perdido la cuenta de las veces que Tom había acudido en mi ayuda pero era inevitable, me metía en problemas yo sola, él me salvaba y luego yo le gritaba y le odiaba por ser como era. Mara tenía razón. Era una egoísta. Había estado apunto de acabar con la vida de Tom por pensar en mí misma, le había odiado por convertirme en lo que era, le había gritado por tratarme mal, cuando la culpa de todo la había tenido yo. Yo fui quien le hizo la vida imposible desde que me convirtió. Me transformó para que no me "muriese", me dio una casa, comida, una familia, estudios, me había ayudado... Las lágrimas empezaron a brotar de nuevo de mis ojos.

    -Lo siento.- Bajé la cabeza para que no me viera llorar pero era imposible. Mi voz y mis pequeños hipidos me delataban.

    -¿Qué?- Sabía que me estaba mirando, lo notaba pero era incapaz de mirarle a la cara. Quería morirme en ese preciso instante, desaparecer del mundo para siempre y no causarle problemas a nadie. Podría intentar desgarrar mis brazos como hacía antes pero eso no me mataría. Las heridas se cerrarían sin dejar marca de mi intento de desaparecer.

    -Sien...siento ser...snif... un estorbo...snif...para ti.- Me llevé las manos a la cara. No quería que me viese así, derrotada y hundida.

    -Está bien. Vámonos.- Escuché como sus pasos se alejaban. ¿Eso era todo lo que tenía que decir? ¿No me iba a gritar? ¿No me iba a soltar una de sus groserías?- ¿Piensas quedarte así todo el día?- Era como si algo dentro de mí se fuera desquebrajando y yo escuchara su sonido. Sus palabras de indiferencia me dolían más que cualquier golpe.

    -¡No está bien! ¡¿No te das cuenta?! ¡Nada está bien!- Me atreví a mirarle a los ojos y mostrarme abatida. Su ceño se frunció al verme.- ¡Grítame! ¡Dime que soy una estúpida! ¡Que me odias! ¡Que no me merezco estar a vuestro lado! ¡Dime algo y acaba con esto!- Su cara permanecía sin mostrar expresión ninguna.

    Se acercó a mí a paso lento. Se quedó parado, observándome sin ni siquiera inmutarse. Era una de las pocas veces que podía ver sus ojos de su color natural, tan hipnotizantes que me quedaría años y años mirándolos. Me agarró de ambos brazos apretando con fuerza mientras se inclinaba poco a poco.

    Si mi corazón estuviera latiendo se me habría salido del pecho cuando sentí su respiración chocar contra mi cara. Estábamos separados por escasos centímetros. ¿Qué deseaba en este momento? Ni yo lo sabía. Quizás que se apartase y dejara que mi cuerpo se diera de nuevo contra el suelo o quizás, la que más miedo me daba sentir... sus labios contra los míos, el roce de su brillante piercing plateado... Pero en lugar de eso, me soltó se puso recto y me dio una bofetada que hizo que mi cuello se torciese hacia el lado.

    Dolor. Un inmenso dolor que había traspasado todo mi cuerpo. A lo mejor era lo que más necesitaba en ese momento pero no lo que más quería.

  6. #26
    alicia_91 está desconectado Usuario Registrado Logros:
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    a leer se ha dicho, xq como el otro foro no funciona...

  7. #27
    Princess_th está desconectado Usuario Registrado Logros:
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    Capítulo 14


    Aunque estuviéramos a principios de verano, de noche se podía sentir aún el frío. Las calles del centro de Hamburgo estaban llenas de gente comprando, cenando o simplemente dando una vuelta.

    El mundo a mi paso parecía detenerse. Me sentía tan poderosa caminando entre tanta gente. La noche hacia que me sintiera así, lo había empezado a notar desde que se puso el sol.

    El camino se me estaba haciendo más largo que la última vez. Ni siquiera sabía si se encontraría en su casa pero tenía que intentarlo. Desde lo que pasó la otra noche no podía dejar de sentirme mal conmigo misma.

    El edificio de pisos donde vivía Adam se levantaba ante mí. La luz estaba encendida por lo que me alegré bastante. Tenía miedo por como reaccionara pero tenía que ir allí y pedirle perdón por todo. Lo había utilizado para mi propio beneficio y eso era lo más rastrero que había hecho nunca.

    Empecé a subir escaleras hasta pararme delante de su puerta. Por un momento pensé en irme y mandarle un mensaje cuando estuviera en casa pero tenía que ser valiente, así que apreté el timbre que resonó en toda la casa.

    Tardé en escuchar los pasos acercarse a la puerta. Ésta se abrió dejándome ver a Adam con los ojos muy abiertos. Apenas llevaba unos bóxer puestos y una toalla alrededor del cuello.

    -¿Qué haces aquí?- No estaba enfadado ni tampoco feliz sino sorprendido, como si hubiera visto un fantasma.

    -Necesitaba verte.- Las mejillas me empezaron a arder cuando las imágenes de lo que pasó aquella noche empezaron a cruzar mi cabeza.- ¿Estabas ocupado?

    -No, no. Pasa.- Se echó a un lado para que pudiera entrar.

    La casa estaba un poco desordenada. Con cajas por todos lados. Me venían todos lo recuerdos de lo que pasó. La carrera hasta su habitación, la terraza, su cama...

    -¿Quieres tomar algo?

    -No, gracias.- Adam se toqueteaba la cabeza nervioso. Oía su corazón latir a una velocidad increíble. Una de las otras cosas que podía sentir al convertirme en esto.

    -Perdona el desastre. Estaba arreglando algunas cosas y...bueno...Siéntate.- Quitó unas cuantas cajas que había en el sofá.

    -Gracias pero he venido a hablar contigo, Adam.- Me senté y le hice un gesto para que se sentara a mi lado.

    -Dime.- Se sentó muy lejos de mí como si me tuviera miedo.

    -Quería pedirte perdón por lo de la otra noche. Yo me siento tan mal conmigo misma por todo.

    -Yo soy el que debería pedirte perdón.- Se pasó una mano por la frente. Le daría un infarto como siguiera tan nervioso.

    -Tú no tienes que pedirme perdón. Fui yo la...

    -¡No! Yo sabía lo que eras y no te lo dije. Estuve un año ocultándotelo. Desde el primer momento en que te vi supe lo que eras y lo peor no es eso sino que aproveché que la otra noche estabas débil para hacer lo que llevaba deseando hacer desde que te conocí.- Su confesión me dejó sin palabras. Adam sabía lo que era desde el principio y no me había dicho nada.

    -Si sabías lo que era debes entender por qué me acosté contigo.

    -Sí. Sabía lo que habías planeado hacer. Notaba como poco a poco te debilitabas y lo que tenías que hacer para recuperarte.- Se sentó más cerca de mí y obligó a que le mirase.- ¿No te das cuenta, Elizabeth? Mis amigos no me habían dejado plantado, lo hice para que tuvieras la oportunidad de salvarte. Jamás me hubiera perdonado, que estando en mis manos, desaparecieras de mi vida. La idea de perderte me aterrorizaba cada minuto.

    -¿Por qué no me lo dijiste?

    -Porque tenía miedo de que te apartaras de mi lado.

    -Nunca te hubiera dejado, Adam. Eres el mejor amigo que he tenido nunca.- Lo abracé con todas mis fuerzas. Ambos necesitábamos tenernos cerca.

    -Ese es el problema. Yo no te veo como una amiga.- Me separé de él y le miré a los ojos. Adam estaba a punto de llorar.

    -¿Qué quieres decir?- Adam soltó una risa triste.

    -Eres tan inocente.- Acarició mi cara suavemente.- Aunque soy consciente de que ahora mismo podrías matarme si quisieras, no puedo apartarme de ti porque... te quiero.- Abrí los ojos de la impresión. Mi corazón dio un vuelco al escucharle.

    -Yo... no sé que decir.

    -No digas nada. Te traeré algo.- Adam se levantó del sofá y fue a la cocina.

    Adam me quería, ¡a mí! No me lo podía creer. Era lo último que pensé que me diría. Debía reconocer que siempre se había portado muy bien conmigo pero nunca imaginé que lo hiciera porque me quería.

    Mientras pensaba, fui recorriendo con la vista todas las fotos que estaban esparcidas por la mesa. En ellas había un niño que supuse, sería Adam. Una mujer muy guapa estaba a su lado sonriendo de una manera muy dulce. En otras, había gente reunida, escenas familiares, en navidad, cumpleaños y una que me impactó. La mujer de la sonrisa dulce estaba al lado del padre de Tom, el hombre que retuvo nuestra salida, estaba al lado de ella de una manera muy cariñosa. La cogí y le di la vuelta.

    Jörg e Inga 26/04/2008

    Era una foto de hace dos años exactamente. Justo el tiempo que llevaba la madre de Adam muerta. Debajo de la foto de ellos dos, habían muchas más. Ellos juntos, con más gente, con Adam de pequeño y una que me sorprendió. En ella, ellos dos, Adam, Bill y Tom. Era como una foto de familia. Tom no llevaba trenzas sino que tenía rastas y era rubio. Bill llevaba los pelos que parecía que había metido los dedos en un enchufe, y Adam estaba igual. Sólo la pareja sonreía, los chicos estaban serios.

    -Han pasado muchas cosas desde entonces.- Adam apareció sigilosamente vestido y con dos vasos en la mano.

    -No entiendo nada.

    -Mi madre y el padre de Tom y Bill empezaron a salir hace cuatro años. Tenían planes para casarse pero ocurrió aquel accidente y...- Mi mente estaba intentando asimilar toda la información.

    -¿Por qué no me habías dicho nada?- Adam se sentó y me dio uno de los vasos que llevaba en la mano.

    -No me gusta hablar de esa etapa de mi vida.- Sus ojos estaban perdidos, recordando quizás el día de la foto.

    -¿Eres un vampiro?

    -¡No!- Adam pareció cabrearse ante mi pregunta.- Él convirtió a mi madre pero ella no quería que me convirtiese.- Le dio un trago a la bebida. Bebió tanto que casi se lo acaba todo de un trago.

    No podía creerme todo eso. El padre de los chicos y la madre de Adam habían estado juntos cuatro años de su vida. Entonces, ¿por qué se odiaban tanto Adam y Tom? Habían sido casi hermanos y ahora se llevaban tan mal...

    -¿Por qué os lleváis tan mal?

    -Tom hizo algo que no le podré perdonar en la vida y no me preguntes el qué porque no pienso decírtelo.- Sus ojos se perdían en una vacío lejano.

    Le entendía, no tenía por qué contármelo a mí. Recordar a su madre debía de ser duro para él. ¿Tan mal lo había pasado para querer olvidarse de todo?

    Mis manos seguían pasando fotos. Había muchas de Adam con su madre, otras muchas de ella con Jörg y muy pocas de Tom y Bill, por no decir ninguna. Mientras que la pareja posaba feliz, los chicos estaban serios. Los semblantes de Tom y Bill no habían cambiado para nada. Sus fotos trasmitían la misma sensación que cuando los tenía delante. Frío, miedo, debilidad, oscuridad,...

    Algo allí me sorprendió. Una foto estaba tapada con un trozo de tela negro pegado. Mis dedos se deslizaron por la tela.

    Sangre. Dolor. Miedo. Soledad...Una rosa.

    -Elizabeth, ¿estás bien?- Vi la mano de Adam moverse delante de mis ojos.

    ¿Qué había sido eso? Por un momento me había sentido como en otro mundo. Esos pensamientos hicieron que me encontrara mal en ese instante. Tenía ganas de llorar pero ¿por qué? Los ojos me escocían y sabía lo que vendría después.

    -¿Qué es esto?- Mi voz sonó rota. Tenía un nudo en la garganta que me impedía hablar con fluidez.

    -No lo sé. No lo había visto nunca.- Adam cogió el álbum e intentó despegar el trozo negro de tela. Al parecer estaba muy bien pegado pero en un movimiento ágil, Adam logró despegarlo.- ¿Qué es esto?- Su cara se volvió blanca al instante y sus ojos se abrieron muchísimo.

    Me acerqué para ver que le producía eso a Adam. Una lágrima se me escapó en el momento en que la vi. Era la foto de una niña de no más de tres años. Sus ojos miel brillaban intensamente junto con su pelo pelirrojo rizado. Mis mejillas se empezaron a empapar de nuevo. No entendía que me pasaba pero necesitaba llorar y gritar lo más fuerte que mis pulmones me permitieran.

    -Es una vampiresa.- Adam parecía estar en la misma situación que yo, no entendía nada.- ¿Qué te pasa?- Soltó el álbum sobre la mesa y me miró preocupado.

    -No lo sé.- Las lágrimas se deslizaban por mi cara a una velocidad fascinante.-Tengo que irme.- Me levanté del sofá y fui corriendo a la puerta.

    -¡Espera!- Adam salió corriendo detrás mía. Me cogió del brazo e hizo que me parase.- Deja, por lo menos, que te lleve a casa.- Me abracé a él lo más fuerte que mis fuerzas me permitieron. ¿Por qué me encontraba tan mal de repente?

    -Tengo miedo.- Lo apreté más a mí. Necesitaba sentirme protegida y me daba igual por quien.

    -Tranquila.- Me apartó suavemente de él. Una sonrisa triste se le dibujaba en la cara.

    Sus manos agarraron mi cara y con los pulgares secó las lágrimas. Sus ojos eran tan bonitos. Parecía que cuando los mirarabas te adentraras en un océano profundo en el que era imposible que te encontraran. Sus ojos se cerraron y se fue acercando lentamente. Sus labios cálidos chocaron con lo míos. Sí, ¿por qué negarlo?, lo necesitaba. Cerré mis ojos y me dejé llevar.

    Sus labios eran tan suaves y cálidos que hacía que todo lo demás desapareciera para concentrate tan sólo en ellos. Adam me guió hasta el sofá donde me tumbó. Su cuerpo se dejó caer sobre el mío. Notaba como su corazón palpitaba sobre mí. Era un sonido tan relajante y tranquilizador.

    Me quitó la chaqueta con cuidado mientras su lengua se movía ágilmente en mi boca. Tras eso, se dispuso a desabrochar los botones de mi pantalón.

    -Para.- Se separó de mi con la respiración agitada. Quería hacerlo, me apetecía pero no podía. Una fuerza superior a mí me lo impedía. Algo en lo más profundo de mi ser, me decía que parase.-No puedo seguir, lo siento.- Adam se incorporó y se sentó en el sofá. Yo le imité.

    -No pasa nada.- Se levantó y se arregló la ropa.- Venga, te llevo a tu casa.- Cogió las llaves que estaban colgadas y abrió la puerta.

    Cogí mi chaqueta y me la puse. Adam parecía enfadado y era normal. Le había cortado el rollo cuando mejor se estaba poniendo la "cosa". Pensé que nunca diría esto pero me apetecía hacer el amor con él. Me daba igual sentir el terrible dolor que sentí la otra vez si conseguía sentirme bien.


    [...]


    En todo el trayecto en coche hasta casa, habíamos permanecido en silencio. Ninguno dijo una palabra de lo sucedido antes. Eran ya las diez de la noche y sólo Andreas sabía a donde iba. Esperaba que le hubiera dicho a los demás que tan sólo había ido a dar una vuelta.

    -Hemos llegado.- Miré por el cristal la enorme verja que llevaba a casa tras cruzar el enorme jardín delantero.

    -Gracias por traerme.- Como contestación, sólo obtuve un extraño ruido por su parte.

    Me bajé del coche y éste arrancó perdiéndose en el horizonte. Fuera había humedad y frío. Una espesa niebla cubría parte del suelo.

    Llamé al video-portero para que me abrieran. No quería permanecer mucho tiempo fuera Los alrededores de la casa eran como los de las pelis de miedo. Te sentías observada a cada instante y el ruido de los cuervos que rodeaban la enorme mansión se escuchaba como si los tuvieras al lado.

    -¿Quién es?- La voz de Dorotha salió del video-portero.

    -Soy Elizabeth. Ábreme, por favor.- A los dos segundos, escuché el cierre de la verja de hierro abrirse y a su vez, las puertas.

    Algo se movió a mi lado. Miré hacia la dirección en la que había visto aquel bulto negro desplazarse. Una niña estaba sentada en el suelo agarrada a sus rodillas. No le podía ver la cara pero podía oír su llanto. Me acerqué sigilosamente para no asustarla.

    -¿Estás bien, pequeña?- La niña no se movió. Seguía en la misma posición de antes. Me agaché para ponerme un poco a su altura.-¿Cómo te llamas?

    -Liz.- Su voz era tan dulce. Por un instante, me recordó a la de Shelly.

    -Es el diminutivo de Elizabeth. Yo también me llamo Elizabeth.- Por más que intentaba parecer simpática, seguía sin moverse. Tan sólo llevaba un vestido y no tenía zapatos.- ¿Dónde están tus padres?- Su cabeza todavía estaba entre sus piernas.

    -No lo sé.

    -¡¿Cómo que no lo sabes?!- ¿Sus padres la habían dejado aquí sola?

    -¿Por qué me han dejado sola? Tengo miedo.- Volvió a llorar. La llevaría a casa conmigo. No podía dejar que se quedara sola aquí afuera con el frío que hacía.

    Le puse una mano en el hombro para ayudarla a levantarse pero antes vi su cara. Me caí hacia atrás cuando contemplé su rostro. Su cara estaba llena de sangre al igual que su vestido y sonreía de la manera más siniestra que había visto nunca. Era la niña de la foto.

    Me levanté del suelo lo más rápido que pude sin dejar de mirarle a la cara. No sabría describir lo que sentí en esos momentos, cuando se puso de pie y empezó a seguirme. Corrí hacia el interior de la verja sin mirar atrás. Nunca, en mi vida, había sentido tanto miedo como ahora. Era incapaz de pedir ayuda. Mis cuerdas vocales se habían congelado.

    Abrí la puerta de la casa que estaba encajada y cerré con todas mis fuerzas. Me alejé de la puerta sin perderla de vista.

    -Cuanto has tardado, cielo.- Escuché la voz de Simone en algún lado.- ¿Qué te pasa?- Mis rodillas se golpearon contra el suelo.- ¡Elizabeth!- Sentí las manos de Simone posarse sobre mí.

    Mi mirada no se apartaba de la puerta. Tenía miedo a que entrara. Empecé a llorar y a gritar todo como si mi vida dependiera de ello. Quería arrancarme los ojos para así borrar esa imagen de mis retinas. De repente, empecé a escuchar murmullos a mi alrededor. Voces que no decían nada y manos que me zarandeaban.

    -Dime algo, Elizabeth.- Simone estaba frente a mí con los ojos cargados de lágrimas. Estaba asustada.

    -¿Estás bien?- Gordon estaba detrás de ella, mirándome preocupado.

    -¿Qué te ha pasado?- Bill estaba sentado a mi lado y Tom al de Bill. Tom permanecía allí, observándome tranquilo.

    -La-la he visto.- No me salía apenas la voz pero tenía que contarlo.

    -¿A quién?- Andreas estaba a mi otro lado, agarrándome la mano.

    -La niña de la foto.

    -¿Qué niña? ¿De qué foto?- Simone estaba nerviosa y no entendía nada pero yo no podía quitarme aquella desgarradora imagen de la cabeza. La mano de Simone se posó sobre mi frente y cerró los ojos. Luego, los abrió de par en par y miró a Gordon, éste hizo un gesto de afirmación con la cabeza y se marchó.

    -Estás muy cansada. Seguramente tu cabeza te ha jugado una mala pasada.- Bill se levantó del sofá y se puso al lado de Tom.

    -¡Se muy bien lo que he visto!- Me levanté enfadada. ¿Cómo se atrevían a poner en duda lo que había visto con mis propios ojos?

    -Han sido unos días duros. Será mejor que descanses.- Simone imitó a su hijo.

    -¡¿Cómo podéis decir eso?!- Me parecía increíble. Me estaban tachando de loca o algo parecido. La había visto y tocado. Había contemplado su cara llena de sangre mezclada con lágrimas.

    -A lo mejor es verdad.- Andreas miró a Bill y a Tom respectivamente.- Puede ser la hija de uno de los vecinos.

    -Tienes razón.- Simone se toqueteó el pelo nerviosa. Ni ella misma sabía qué decir.- La hija del señor Klaus es muy traviesa.

    -¿Qué vecinos? Esta casa está a varios kilómetros de la siguiente.- La casa más cercana que había visto estaba a unos tres kilómetros de aquí.

    -Los que viven por los alrededores también son vampiros.- Bill le dio la razón a su madre. Puede que tuvieran razón. Nunca me había cruzado con niños vampiros y si eran así de aterradores, prefería no hacerlo.

    -No tiene sentido.- En ese momento me acordé de algo.

    -¿El qué?- Simone saltó alterada.

    -Era la misma niña que vi en la foto.

    -¿Dónde viste la foto?- A Bill le había cambiado le expresión. Se había puesto muy serio y eso no era normal en él.

    -En casa de A...- Corté enseguida. No podía decir que había estado en casa de Adam o Tom se enfadaría conmigo y era lo que menos quería. Tom enfadado daba más miedo que aquella niña.

    -¿En casa de quién?- Simone me miraba curiosa. Ella no sabía nada de lo que había pasado aunque podría imaginárselo. Le dije que iba a salir con una amigo, la pasada noche, y volvía convertida en vampiresa. Era cuestión de lógica que lo averiguase.

    -De... Adam.- Me fijé al momento en la cara de Tom. Él miró hacia otro lado sin cambiar su cara. El no saber en qué estaba pensando por sus gestos o su cara era desesperante.

    -Bien.- Simone parecía desconcertada.- Será mejor que te vayas a la cama. Mañana será otro día.- Se fue hasta las escaleras y empezó a subirlas. ¿Se habría enfadado? Si ella le había preguntado a Andreas que dónde estaba y éste le había dicho que dando una vuelta, ahora, se habría dado cuenta que le había mentido. Ver la cara de decepción de Simone me hacía sentirme francamente mal.

    -¿Quieres que te acompañe?- Andreas me ayudó a levantarme.

    -Sí.- Empezamos a subir las escaleras y dejamos a Bill y Tom abajo. No habían mencionado una palabra desde que dije que había estado en casa de Adam.

    Mi cuarto estaba perfectamente ordenado y la cama hecha. Me tiré en ella y dejé que mi cuerpo perdiera fuerza sobre el colchón. Andreas se tiró a mi lado sin mencionar una palabra y en ese momento se lo agradecí. No quería hablar de nada. No más preguntas, no más respuestas, sólo silencio. A veces el silencio era el peor de los ruidos pero ahora daba igual. Necesitaba no pensar en nada, dejar la mente en blanco y dormir.



    [...]

  8. #28
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    Abrí los ojos. Estaba en mi cama de la misma manera en la que me había quedado dormida pero sin Andreas a mi lado. Todo estaba a oscuras y en silencio. Miré la hora en mi móvil. Las cinco y media de la mañana.

    Me levanté de la cama y miré por la ventana. Todavía no había salido el sol pero se podía ver un poco más de claridad que por la noche. La verja estaba cerrada y lo prefería así. Tenía entendido por Andreas, que a las cinco la abrían porque venía Alfred, el mayordomo, y Gordon se iba a trabajar.

    No tenía ganas de estar en mi habitación así que decidí salir y dar una vuelta por la casa. Todo estaba en un silencio sepulcral en el que sólo se escuchó el ruido de las bisagras de mi puerta al abrirse.

    Caminé por el largo pasillo hasta llegar a las escaleras. Empecé a bajarlas con mucho cuidado para no despertar a nadie. Aunque iba descalza, tenía que ser precavida. De algo que me había dado cuenta era que podía escuchar incluso el sonido de una gota de agua caer sobre el suelo. Lo oía tan fuerte, como si de una cascada se tratara.

    Me quedaban sólo dos peldaños para pisar el suelo cuando la puerta principal empezó a abrirse. Me tensé al instante. ¿Quién sería? Podría ser Alfred o Gordon pero mi sorpresa fue mayor. Tom apareció en ella y sus ojos se clavaron en mí. Llevaba una ropa distinta a la de anoche y tenía puesta las gafas de sol.

    Anduvo hasta entrar y cerrar la puerta tras sí sin apartar la vista de mí. Ahora sería cuando explotaría y me gritaría por haber estado en casa de Adam. Pero en su lugar, empezó a subir las escaleras sin decirme nada. Pasó por mi lado como si yo no estuviera. Ni un simple "buenos días" o algo por el estilo. Nada.

    -¿No vas a decir nada?- Me volví y le miré. Se había parado a mitad de la escalera.- Llevas dos días sin dirigirme la palabra.- No se movía y ni siquiera me miraba.- No es que quiera que lo hagas pero pensé que después del otro día, las cosas habían cambiado.- Debía reconocer que estaba decepcionada. En estos días, me había sentido, sólo ,un poco más cerca de él.

    -¿Qué te hace pensar que ha cambiado?- Estaba igual. Su voz sonaba indiferente como si el tema no fuera con él.

    -No lo sé. Nunca sé que pensar cuando se trata de ti.- Y era cierto. ¿Qué pensar de él? No lo veía apenas y mucho menos hablaba con él.

    -No pienses.- Empezó a subir de nuevo las escaleras. Como siempre, daba una respuesta corta a noches y noches de preguntas.

    -¡No puedo!- Se volvió a parar. No era tan fácil dejar de pensar cuando te encontrabas en un mundo paralelo al tuyo. Lleno de cosas que para ti no tienen sentido pero que en realidad, llevan un mundo tras sí.- No es tan fácil.- Otra vez sentí como mis ojos ardían.- No sabes lo que es sentir que no haces nada bien, que todo el mundo te mira mal, el no saber qué va a ser de tu vida, el no saber qué pasa a tu alrededor... No saber nada.- Las lágrimas volvían a recorrer mis mejillas. Sentía un nudo en el estómago y unas ganas enormes de correr hasta mi habitación, dejarla a oscuras y llorar encogida en mi, ya preciado, rincón.

    -Por supuesto que no sabes nada.- Se dio la vuelta y me miró. Sus ojos eran ahora tan diferentes. Estaban llenos de recuerdos amargos y tristeza. No estaba la mirada de suficiencia que tenía normalmente. Ni un rastro de brillo... Ni un rastro de vida.

    Bajaba los peldaños de las escaleras tranquilamente y yo, a su vez, retrocedía. Aunque quisiera, la sensación de miedo cuando estaba con Tom, no desaparecía. Su figura era tan indescriptible, tan superior a cualquier otra que era imposible no sentirse como algo insignificante a su lado.

    Mi espalda chocó contra la puerta por la que minutos antes él había entrado. Lo tenía cada vez más cerca de mí y ese "crack", ese maldito "crack" que no había parado de sonar dentro de mí, lo volvió hacer. Algo se rompía en mi interior a una velocidad pasmosa, algo que no quería descubrir porque tenía miedo.

    Se quedó parado a pocos centímetros de mí. No podía mirarle a la cara, no ahora. Mi mente viajaba en los recuerdos del día en que volví a nacer. Ese día había sido tan diferente.

    -En realidad sabes más de lo que deberías saber.- Un paso más lo acercó a mí. Quizás milímetros era lo que nos separaba. Que más daba, ya no era capaz de pensar, ni de sentir y mucho menos de moverme.- Supongo que tengo que darle las gracias a tu querido Adam.- Frivolidad e ironía. Era él.

    -Adam no tiene nada que ver.- Hablé bajito pero lo suficiente para que él me escuchara.

    -Tienes razón.- Un golpe en la puerta al lado de mi cara hizo que me sobresaltase. Había golpeado la puerta y esperaba que el próximo destino no fuera mi cara.- Él sólo está enamorado de la dulce y tierna Elizabeth...- Crack.- ¡Él sólo te folló porque te quería demasiado como para dejarte morir! ¡Él sólo te ocultó que sabía lo que eras para protegerte! ¡Él no te contó lo del accidente de su madre porque le daba pena recordarlo! ¿No es cierto?- Repitió cada una de las palabras que Adam me había dicho, cada detalle. Él lo sabía.

    -No tienes derecho a espiarnos.- No lloraría más, no delante de él.- Eres despreciable.- Otro golpe en el lado contrario del de antes, sonó.

    -Lo sé.- Agachó su cuerpo hasta ponernos cara a cara.- Lo peor es que él también lo es pero eso no te interesa verlo.

    -¿Por qué tienes tanto interés en hacerme ver quién es Adam realmente?- Una sonrisa cargada con maldad se dibujó en su cara. Miedo, no. Pánico era lo que sentí en el momento en el que su lengua volvió hacer el recorrido de aquella vez en la cocina.

    Crack.

    El sonido de mi mano al estamparse contra su cara resonó en toda la casa. Me dolió más a mí de lo que pudo hacerlo a él. Me alejé de Tom a paso decidido. Sabía que estallaría y no quería estar presente. Se lo merecía por todo lo que había dicho sobre Adam y por supuesto, por tomarse esas libertades.

    Su cara se volvió dejándome ver sus ojos azules casi blancos y la misma sonrisa de antes. Había herido su orgullo y eso no me lo perdonaría nunca. Se puso recto y anduvo hasta mí. Huí de allí lo más rápido que pude. Me descuartizaría como dijo que haría hace tiempo en el callejón.

    Las lágrimas se perdían en el aire cuando corría. Me escondí debajo de la mesa de la cocina. Sabía que me encontraría pero no podía seguir huyendo. Me descubriría tarde o temprano. Ya me daba igual todo.

    Cerré los ojos con fuerza. Apenas podía ver con claridad debido al líquido salado que se acumulaba en mis ojos. Varias lágrimas cayeron al apretar hasta perderse en mi cuello.

    Cuando lo abrí, allí estaba ella, sentada y mirándome triste. ¿Era real o sólo una horrible pesadilla? Ya me sonaba de la otra noche pero ahora parecía hacerlo más. La había visto antes, mucho antes. Era un recuerdo del pasado metido en algún recóndito lugar de mi cabeza.

    -Vete.- No era una orden sino una súplica por mi parte.- ¡Déjame en paz!- Estaba triste. Ambas lo estábamos pero que nos importaba. Ya no me daba miedo sino pena.- ¿Por qué lloras?- Por sus pequeños ojos se estaban empezando a deslizar lágrimas de sangre. Era tan aterrador como triste.

    -Yo le quería y me ha dejado sola.- Sus hipidos al llorar hicieron que me contagiara. Sacó algo de su bolsillo. Una flor. ¡Mi rosa!

    -¿Qué haces con ella?- Hice el amago de quitársela pero se la volvió a esconder.

    -Es mía y de él. ¡No quiero que me la quites!

    -¡Dámela!- Se abalanzó sobre mí y me mordió. Sus colmillos atravesaron mi piel y su veneno empezó a correr por mis venas. No dolía pero las imágenes que atravesaban mi cabeza, sí.


    Estaba entre las rosas del jardín en el que estuve. Había miles de rosas negras y rojas dando color al clima que me rodeaba. Era todo tan bonito.

    -¡Cozde, Ommi!- La niña, que ya conocía, corría hacia mí. Me atravesó como si de un fantasma se tratase.

    -¡Liz, para! ¡Te vas a caer!- Un niño de unos seis años corría detrás de ella. Era rubio y sus ojos eran del mismo color que los míos. Me sonaba su cara pero no sabía de qué.

    -Mida. ¡Qué gande etá ya!- Me situé a su lado, ya que no me veían, y observé en la misma dirección en la que lo hacían ellos.

    Una rosa increíblemente parecida a la mía resaltaba entre todas. El chico saltó la verja que nos separaba de las rosas, cogió a la niña y la pasó al otro lado. Ambos se inclinaron a ver a la rosa. Me sorprendió bastante la manera en la que el chico saltó. Lo hizo igual que Tom. Los mismos gestos y movimientos.

    El chico se mordió la muñeca y derramó su sangre sobre la flor.



    Abrí los ojos. Mi respiración estaba agitada. ¿Qué significaba ese sueño? ¿Otro más sin sentido? ¿Por qué soñaba con ella y ese niño? Otra vez preguntas sin respuestas. Dejar de pensar no era tan fácil como le parecía a Tom. Tom no me había encontrado o eso pensaba.

    Decidí salir de debajo de la mesa e ir a desayunar. No sabía que hora era pero tenía mucha hambre y sed. No había probado nada desde ayer por la tarde y no creía que aguantara más.

    Dorotha me miró extrañada cuando me vio salir de allí. Sus ojos se abrieron a más no poder. Tendría que tener una pinta horrible para que se pusiera así.

    -Buenos días, Dorotha.- Ella dejó las cosas que tenía en la mano sobre la encimera e hizo la misma referencia que le hacía todo el mundo a Tom. El pie izquierdo delante, el derecho atrás, la mano en el corazón y una pequeña inclinación del cuerpo hacia delante.

    -Buenos días, señorita Elizabeth.- Nunca Dorotha se había comportado de esa manera. Quizás en estos días se celebrara "El día mundial de la reverencia" para los vampiros.

    Salí de allí y fui al comedor. Bill estaba sentado en su sitio de siempre de espaldas a mí. Llevaba una gorra que ocultaba su característica cresta. Adoraba a Bill. Aunque pasara esa rara confusión por mi parte cuando me enteré de que estaba con Mara y encima me había besado a mí, le seguía queriendo o incluso más. No un simple cariño al que puedes tenerle a un amigo, había algo más. Un lazo invisible me unía a él a través de los sentidos.

    -Buenos días, dormilona.- Se había dado cuenta de mi presencia sin ni siquiera mirarme. ¿Cómo hacían eso? Yo era incapaz de una cosa así.

    -Bueno días.- Anduve hasta sentarme a su lado. Su sonrisa era tan perfecta. Sí, sin duda le quería demasiado. Me sentía tan bien a su lado que no comprendía el hecho de que Tom y él fueran hermanos gemelos. Cuando miraba a Bill a los ojos podía ver también a Tom pero sólo eso. Ni su manera de comportarse, de hablar, ni de moverse eran iguales a las de Tom.

    -Hoy se te han pegado las sábanas.

    -Un poco.- No eran las sábanas precisamente.- ¿Qué hora es?

    -Las dos y media.

    -¡¿Qué?!- Pues sí que me había quedado dormida...

    -Lo de anoche te tuvo que dejar sin fuerzas.- Su voz cambió. Ya no era dulce sino irónica y fría.

    -¿No entiendo lo que quieres decir?

    -Ya me entiendes. El sexo entre vampiros y humanos a veces puede ser muy agotador aunque luego te sientes como si hubieras dormido doce horas seguidas.- Crack. Ese ruido resonó de nuevo en mi cabeza.

    -No me he acostado con Adam y me duele mucho que pienses eso de mí.- Algo en lo más profundo de mi alma se quebró al escuchar esas palabra por parte de Bill.

    -¡Ya lo sabía! Era una pregunta trampa, tonta.- Empezó a reírse de esa manera de la que sólo él sabía.

    -A mí no me hace gracia.- Intenté parecer enfadada pero no pude evitar contagiarme de su risa.

    Dorotha llegó con un vaso del líquido rojo, también conocido como sangre. El olor que desprendía lo había olido antes. Era la sangre de Tom. Su olor y la reacción que provocó en mí fortalecieron lo que pensaba. De nuevo el roce de mis colmillos contra mis labios. No podía apartar la mirada del vaso, viendo como se movía lo que había en su interior.

    -Pensé que no te vol... te vería así.- Bill me miraba pero yo no podía mirarlo a él. Estaba totalmente hipnotizada.- Lamento comunicarte que tu único alimento hasta que termine la transformación es la sangre de mi querido hermano.

    -¿Hasta que termine la transformación?- Desvié mi mirada del vaso y la centré en Bill.

    -Sip. Es un "proceso" delicado. Sólo te llevará semanas.- No era una vampiresa completamente. ¿Qué me quedaba? ¿El sacrificio de cien bueyes? Al paso que iba necesitaría un pen-drive - Como no te la bebes se te va a coagular.- Bill seguía comiéndose su helado tan tranquilamente mientras yo procesaba toda la información.

    El olor de la sangre era irresistible pero era la sangre de Tom. Su sangre. Entonces, ¿por qué me dijo que era "nuestro secreto"? Pensaba que el secreto era que había bebido su sangre pero al parecer, no era eso. ¿A qué se refería entonces?

    Cogí el vaso y lo puse en mis labios. Con una suave inclinación de mi mano, aquel fluido rojo casi negro, entraría en mi cuerpo. Sentir de nuevo su sangre recorrer mi cuerpo era algo extraordinario e indescriptible. Sólo esto me hacía sentir cerca de él. Era tan simbólico y a la vez tan triste. Sentir sólo bebiendo su sangre que estaba cerca de él era penoso. Él me había convertido, me había dado una nueva vida y lo único que yo sabía de él era su nombre y poco más. Realmente triste.

    Su sangre entró en mi boca. Tragué con miedo. Su sangre corrió por mi esófago dejando un rastro de fuego a su paso hasta llegar a todo mi cuerpo. No se paraba en el estómago sino que directamente pasaba a formar parte de mí.

    -¿Duele?- Bill me miraba entre asombrado y asustado. Tenía su cabeza apoyado en su mano con esa carita tan angelical que ponía.

    -¿El qué?- Solté el vaso vacío en la mesa. Debería de reconocer que si fuera por mí, estaría lamiendo el vaso para coger cada gota.

    -Morir.- Crack.- ¿Duele?- ¿Dolía morir?

    -Mucho.- No era dolor físico sino un dolor clavado en alguna parte de mi cuerpo que nunca menguaba. Siempre estaba ahí y cuando estaba con él, crecía.

    -Estoy seguro que vivir es peor. La luz es cegadora cuando intentas mirarla a fijamente.

    -En la oscuridad, tropiezas porque no ves.- De nuevo la metáfora de la luz y la oscuridad. La luz, la vida. La oscuridad, Tom. No había nada más oscuro que aquel que decía llamarse Tom Kaulitz. Ni la noche, ni un cuarto a oscuras, ni el mismo infierno era más oscuro que él.

    -Hasta que de tanto caerte ya sabes por donde coger.- Pero yo sólo hacía caerme y nunca encontraba el camino. ¿Cuántos tropezones me quedaban?- ¡Tengo una idea!- Se levantó de la silla y empezó dar palmitas y sonreír.- ¿Qué te parece si nos vamos de shopping por ahí?- Fruncí el ceño. Los cambios de humor de este chico eran lo que no había.- Espero que tu respuesta sea un "sí" porque no pienso ir solo.- Levantó una ceja esperando mi respuesta. La verdad era que no tenía muchas ganas de salir pero el aire fresco me sentaría bien y al estar con Bill tenía la carcajada asegurada.

    -Esta bieeeeeeeeen.- Le imité y me levanté de la silla. Bill me abrazó y me dio un beso tan fuerte en la mejilla que casi me la deja aplastada para siempre.- ¡No seas bruto!- Dije entre carcajadas.

    Sin duda alguna, Bill era especial y algo, no sabía muy bien el qué, me atraía hasta él. ¿Qué era esa sensación que sentía cuando me abrazaba? Un recuerdo lejano pasó por mi cabeza. Los mismos brazos, la misma cara, sus ojos... En otra vida debí conocer a Bill, en una vida no muy lejana a esta.


    [...]

  9. #29
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    Después de tres horas y una decenas de bolsas, paramos para tomarnos algo. Bill era un maníaco de la ropa y los accesorios. Compraba en un visto y no visto y lo fuerte era que ¡todo le gustaba! Pero eso sin duda no era lo más extraordinario sino que iba a las tiendas más caras y con una simple pasada de tarjeta se llevaba media tienda. Había cogido cosas para mí (tras insistir cuatro mil veces que no hacía falta), para Simone, Mara, Andreas, Gordon y sobretodo, para Tom. Cada vez que vez que veía alguna camiseta de las que llevaba Tom o cualquier cosa de su estilo, se la compraba. Decía: "¡Esto le va a encantar a Tom!" y se lo llevaba. Sin duda, Bill era un fashion victim.

    -¿Qué te parece si descansamos un poco?- Eran las siete y yo ya estaba muerta. No habíamos parado en toda la tarde y mis reservas de energía estaban agotadas.

    -Me parece una buenísima idea.- Cogí la carta y me pude a mirar. La verdad era que todavía no había probado nada típico alemán.- ¿Qué me recomiendas?- Bill se puso en posición "pensante".

    -Nada, no puedes comer.- Era verdad.- Tampoco te pierdes nada. La comida alemana es una mierda. Lo más famoso que hay son las salchichas y la cerveza pero yo a ti no te veo con cara de que te guste la cerveza.- Me guió un ojo y sacó esa asquerosa sonrisa burlona que me recordaba a mi primer encuentro con él en el que me pareció la persona más odiosa del mundo.

    -¿Qué insinúas? ¿Qué me gustan las salchichas?- Empezó a reírse escandalosamente como sólo él sabía hacer. Todo el mundo nos miraba. Unos se reían y otros cuchicheaban por lo bajo.

    -¡¿Te gustan las salchichas?!- Me sonrojé al instante cuando gritó aquello sin parar de reírse. La gente no sabría de qué estábamos hablando y encima el otro se ponía a gritar semejante cosa.

    -Cállate. Todo el mundo nos está mirando.- Mis mejillas ardían. Seguramente estaría como un tomate.- Y no, no me gustan las salchichas.- Dije mosqueada.

    -Eso lo dices porque no has probado las salchichas alemanas.- Le miré con cara sarcástica. Y yo que pensaba que él era dulce y educado pues no. Resultaba que Bill, como todo hombre, sólo pensaba en lo mismo.

    -Sabía que esas carcajadas sólo podían ser de Bill Kaulitz.- Una voz femenina extrañamente conocida hizo que Bill parara de reírse.

    Miré hacia donde provenía el sonido. ¡Era la chica vampiresa que me encontré en el baño! La primera vampiresa que conocí y la sensación no me gustó nada. La misma sensación que tenía en este momento. Un sentimiento oscuro que predominaba en la mayor parte de mi cuerpo y cada vez se apoderaba de más. Apenas había hablado con ella y ya me caía mal. Normalmente, nunca juzgaba a una persona sin conocerla pero este caso era especial.

    -Vaya, Sasha. No esperaba encontrarte aquí. ¿Desde cuando te mezclas con humanos?- La ironía de Bill era impresionante. No la miraba y mucho menos le hablaba bien.

    -Desde que voy a la universidad.- Ella seguía sonriendo como si nada aunque si no notaba la arrogancia de Bill, era que la chica muy bien no estaba.- ¿No piensas presentarnos?- Por primera vez, me miró. La misma sensación pero multiplicada por cien.

    -Ella es Elizabeth, Elizabeth, Sasha.- Hacía como si no me conocía y eso me fastidió bastante.

    -Ya nos conocemos.- No quise parecer antipática pero mi voz, en ese momento, no pareció amistosa en absoluto.

    -Así que todavía te acuerdas de mí...

    -Sí.- Un duelo de miradas en el que saltaban chispas entre ella y yo.

    -Un placer haber estado con vosotros. Nos vemos en la confirmación, Bill.- Después de un rato mirándonos, rompió el silencio y se fue.

    -¿Por qué no me habías dicho nada?- Bill me sacó de mis pensamientos e hizo que le mirase.

    -No le di importancia.- Y era verdad. En ese momento sentía una angustia espantosa, me encontraba mal y no me concentré demasiado en ella.

    -Está bien.- No parecía muy convencido. Sus carcajadas habían cesado para dar paso a una cara de frustración mientras miraba los menús.

    -No sabía que la conocías...- Bill levantó la mirada de la carta. Sus ojos estaban rojos como la sangre. Los mismos ojos de Tom, la misma expresión, la misma sensación que hacía que me encogiera en mi interior.

    -Es la novia de Tom.- Crack, crack, crack... Lo que quedaba de ese algo que se rompía terminó por quebrarse y caer.

    Nunca en mi vida o en mi no vida, había sentido lo que sentí al escuchar aquellas palabras de Bill. Un pinchazo en el pecho y una sensación de malestar recorrió mi cuerpo. ¿Qué era eso? ¿Qué sentía? Fuera lo que fuese, dolía mucho. Notaba mi mirada perdida en algún punto del restaurante y la miraba de Bill pero no me importaba.

    Cientos de imágenes sin sentido pasaban por mi mente. Aquel sueño que había tenido debajo de la mesa de la cocina se repetía una y otra vez. Una mujer sin rostro llorando, el grito de una niña y mi rosa de terciopelo manchada de sangre fueron algunas de las cosas que vi en mi subconsciente. Pero en todas ellas estaba él. Sus ojos miel hacían que me estremeciera en mi silla y que la piel se me pusiera de gallina.

    ¿Desde cuándo la oscuridad se había apoderado de todo mi ser?

  10. #30
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    Capítulo 15


    Su mirada seguía fija en mi desde que salimos del restaurante. No me había dejado ni un sólo segundo y lo peor no era eso, sino que se ponía a mi lado y me observaba sin apartar la vista. Yo ya había desistido en el intento de sonsacarle algo. Llegué a la la conclusión que la niña, Liz, era fruto de mi imaginación.

    No sabía que era más contradictorio para mí. Sentir la presencia de la niña de la foto o el malestar general en todo mi cuerpo. Hubiera dicho que la niña pero estaría mintiendo. Ese sentimiento de impotencia, rabia, ganas de llorar... y un sinfín de sensaciones más, no me dejaban ni siquiera respirar. Algo me oprimía lo que quedara de mi corazón y se hacía un nudo que cortaba todo el aire que pudiera entrar en mis pulmones.

    Llevaba desde las diez de la noche hasta ahora, las cuatro de la madrugada, en la misma posición, tirada en la cama boca arriba y con los brazos en cruz. Mi vista estaba fija en ninguna parte y mi mente en blanco. No era capaz de pensar en nada sólo en recordar aquellas palabras, las palabras que hicieron caer el muro después de varios Cracks. Todavía no sabía que era exactamente esa especie de barrera que había desaparecido pero desde que lo hizo, me sentía fatal.

    Los segundos se me hacían minutos y los minutos horas, y a pesar de llevar así una eternidad, no tenía intención de moverme. ¿Por qué me había afectado tanto que Tom tuviera novia? ¿Qué más me daba? Sasha, sin duda, era una chica guapísima. Alta, delgada, rubia, con unos ojos azules preciosos y un cuerpazo de infarto. ¡Si parecía una top model! Hacía la pareja perfecta con Tom. Me preguntaba cuánto tiempo llevarían juntos. Conociendo, según Andreas, la afición de Tom a tirarse a todo lo que se mueve... Quizás la razón por la que Tom apenas pasaba el día aquí, era ella. Estarían juntos todo el día y comerían, pasearían,... Agarré las sábanas con todas mis fuerzas. La simple idea de imaginármelos me encogía el corazón y dolía, dolía mucho más que vivir.

    -Me ha dejado sola. ¿Por qué él?- La voz de la niña me sacó de mis pensamientos. No me atreví a mirarla pero reconocí, por su voz, que estaba llorando. No lo había parado de hacer desde que salimos del restaurante.

    -Cállate.- No quería escucharla. Sólo hacía repetirlo una y otra vez, y ya no podía soportarlo más. Cada vez que pronunciaba esa frase, mi cuerpo se agitaba violentamente como si de una contraseña se tratase para hacerme sentir peor todavía.

    -¡¿Por qué él?!- Su llanto cada vez se hacía más fuerte. La ignoré y me volví a mirar la rosa. La tenía en un jarrón que me había dado Dorotha y ella misma le cambiaba el agua. Sus pétalos eran tan bonitos que me quedaría horas y horas observando aquella maravilla creada por la naturaleza. Me tranquilizaba y por un momento, se me olvidaba todo. Sólo por un momento...- Mi mamá ya no me quiere...snif... Yo no quiero irme a Francia...snif.- Me senté bruscamente en la cama y la miré. Se tapaba la cara con las manos mientras lloraba. Su vestido aún estaba manchado de sangre y ella descalza. Esto me estaba volviendo loca pero qué más daba.

    -¿Por qué a Francia?- Definitivamente, lo estaba. ¡Estaba hablando con una imagen creada por mi mente! Pero el detalle de Francia me llamó la atención.

    -Me llevan con una familia que me va a cuidar.- Ya no lloraba sino que mantenía una expresión triste en su rostro.

    Se puso a cuatro patas poniendo su cara frente a la mía. Tenerla tan cerca ya no me provocaba miedo sino tristeza. Me fijé en la mordedura que había en su cuello emanando sangre sin cesar. Era la mordedura de un vampiro, sin duda alguna. Extendió su brazo y con su uña se arañó la muñeca creando una línea roja sobre sus venas.

    -¡¿Qué estás haciendo?!- Me escandalicé cuando vi como intentaba beberse su propia sangre. Le di una manotazo en el brazo que hizo que se separara de su boca manchada de su propia sangre.

    -Tengo hambre...snif...Mucha hambre.

    Abrí los ojos con dificultad. En algún momento me habría quedado dormida y ahora seguramente sería de día. Anduve hacia las cortinas y las abrí con cuidado. Los rayos del sol entraban débilmente por el pequeño hueco que había dejado por lo que supuse que no serían más de las diez de la mañana cuando el sol no estaba frente a mi habitación.

    Bajé las escaleras hasta llegar al comedor. Oí las risas y lo entretenidos que estaban desayunando. El típico desayuno de la casa, Mara y Andreas peleándose, Bill picando a ambos, Simone regañando a Bill y Gordon riéndose. Sin duda, toda una escena familiar.

    Cogí aire y entré. No quería que se dieran cuenta de lo mal que había pasado la noche y mucho menos preocuparles de nuevo. Mi presencia pasó desapercibida hasta que me senté en la mesa.

    -Buenos días, cielo. ¿Has dormido bien?- Simone me saludó sonriente como siempre. Hoy estaba especialmente guapa. Llevaba el pelo recogido en un moño, maquillada y con unos pendiente que deberían de costar un riñón y la mitad del otro.

    -Perfectamente.- Ella sabía que mentía, y yo sabía que ella lo sabía pero ninguna de las dos dijo nada.

    -Han llegado vuestras notas, ¿queréis verlas?- Gordon salió de la nada con un montón de papeles en las manos.

    -Por mí, puedes tirarlas. Ya me sé que tengo sobresaliente en todas las asignaturas.- Mara, que hasta hace dos días no había visto, habló. Debía reconocer que aunque ya no nos habláramos, las ansias por retomar nuestra amistad, me comían. Quería que volviéramos a ser las que éramos antes de convertirme.

    -Viva la modestia...- Andreas susurró por lo bajo pero todos pudimos oírle. Sobretodo, Mara que lo miró con una cara de pocos amigos.

    -Elizabeth, tus notas son dignas de admiración.- Gordon se puso a mi lado y mi las dio. Tenía en todo sobresalientes. Lo que me sorprendió fue el comentario de la profesora de anatomía:

    Su capacidad intelectual es igual a la de sus hermanos y la facilidad de asociación, sin duda, una prolongación de Thomas.

    Me parecía a ellos. No entendí por qué pero esas palabras escritas me alegraron. Me sentía orgullosa de parecerme a Bill y... a Tom, no estaba muy segura.

    -Chicos, repasemos.- Simone se puso de pie e hizo que levantase la vista de mis notas para verla a ella.- Prohibido...- Señaló a Bill.

    -Traer a humanos a casa.- Contestó Bill.

    -Desordenar la casa.- A Andreas...

    -Morder a humanos.- A Mara...

    -¿Elizabeth...?-... Y a mí.

    -No sé de qué va esto.- Simone dirigió su mirada hacia Mara que se reía por lo bajo. Debería de estar disfrutando de este momento.

    -Mara, ¿no quedamos en que se lo dirías tú?- Simone puso los brazos en jarra con cara de enfado. Era la viva estampa de una madre. Para mí, ya lo era.

    -Se me olvidó.- Simone suspiró y me miró.

    -Cielo, Gordon y yo nos vamos un mes de vacaciones. Lo que significa que en este mes estaréis solos y no quiero problemas cuando vuelva.

    -Sin problemas.- La verdad era que no me esperaba que se fueran un mes. La simple idea me atemorizaba. Un mes sin el control de Simone o Gordon y todos se volverían locos.- ¿Y cuándo os vais?

    -Ya vamos tarde.- Gordon se levantó de la mesa y fue uno a uno dándonos un beso y un abrazo.

    -Elizabeth, mi número lo tienes en tu móvil. Si tienes algún problema, llámame.- Simone me abrazó y yo a ella. Su olor era tan especial que me quedaría así para siempre.- Te quiero, cielo.- Te quiero. ¡Te quiero! ¡Me había dicho "te quiero"! Nunca mi madre me lo había dicho y llegaba ella y lo hacía.

    -Yo también te quiero.- Me abracé de nuevo a ella, esta vez más fuerte. En lo más profundo de mi ser, no quería que se fuese sino que se quedara así conmigo.

    -Es hora de irnos.- Gordon se puso a nuestro lado. Le abracé también a él. Era tan simpático y amable que era imposible no quererle.


    [...]



    Tenía un hambre que me subía por las paredes. Llevaba desde que se fueron Simone y Gordon, con Andreas en su habitación. Estábamos "ordenando" su armario o eso decía él. Desde que llegamos, lo único que había hecho había sido tirar ropa.

    Había esperado a que Dorotha me trajera "mi desayuno" pero ésta no había aparecido. Me estaba empezando a asustar cuando vi las venas de Andreas, sobretodo las de su cuello. Las veía tan bien que parecían que estaban por fuera de su piel.

    -Joder, deja de mirarme como si fuera un pollo asado.- Se había dado cuenta de como lo miraba. Que vergüenza, ni siquiera era capaz de controlar mi cara.

    -Lo siento mucho.- Desvié la mirada y decidí concentrarme en la ropa que me daba para que la doblase.

    -No pasa nada.- Se rió. Cuanto quería a este chico...- ¿Cuánto tiempo llevas sin comer?- Hice memoria.

    -Desde ayer por la mañana.- Andreas me miró escandalizado.

    -¡¿Y todavía te puedes mantener en pie?!

    -¿Sí?- Tenía un hambre que me moría (nótese la ironía) pero con todo lo que había pasado no me preocupé por ello.- Bill me dijo que no podía comer nada, sólo...-No quería pronunciar su nombre. No tenía ni fuerzas, ni ganas.

    -Puedes beber otras pero no te saciaran.- Los ojos de Andreas se volvieron azules. Sabía lo que eso significaba... Sus colmillos salieron de su boca para posarse sobre su muñeca. Pude escuchar el sonido de su piel rasgarse y el olor de su sangre que estaba empezando a gotear en el suelo. Noté mis colmillos fuera y mis ojos arder. Quería hacerlo pero no podía beber su sangre. Me sentiría muy mal después...- Vamos, bebe.- Tragué saliva. La boca se me hacía agua de sólo oler aquel fluido rojo que manchaba su cara.

    -No...no puedo hacerlo.- No era su sangre la que necesitaba sino la de él. No me saciaría y al cabo de poco minutos volvería a tener hambre. Aún no me acostumbraba a tener que beber sangre y mucho menos a beber la sangre de Andreas.

    -Se va a cerrar como no te des prisa.- Intenté luchar contra mi instinto pero éste me venció. Me acerqué a Andreas y me puse frente a su brazo.- Vamos...- Me abalancé como si fuera un león y Andreas un indefenso cervatillo.

    No era la sangre de su muñeca la que quería sino la de su cuello. Lo tumbé sobre el suelo y por su expresión, no pareció hacerle mucha gracia. Me puse a cuatro patas sobre él. Sentía la sangre recorrer su cuello.

    Andreas permanecía inmóvil, yo diría que estaba asustado, olía su miedo pero no me importaba, sólo quería beber y beber hasta quedarme satisfecha. Mi cuerpo se movió a la velocidad de la luz. No pensaba, no sentía nada en ese momento, tan sólo la necesidad de beber hasta la última gota de su sangre.

    Mis colmillos rasgaron su piel con fuerza y pronto pude notar mi boca inundarse de aquel fantástico líquido. Empecé a tragar y a apretar con más fuera, si cabía, su piel. Necesitaba más de él y cuanto más bebía, más quería. Notaba el cuerpo de Andreas inmóvil sobre el suelo. No era lo que más preocupa sino el hecho de aunque bebiera, quisiera mucho más que antes.

    De repente, mi cuerpo se separó de su cuello. Mis ojos estaban fijos en la sangre que brotaba de Andreas sin ningún control. Por mucho que quisiera, no podía acercarme a él, algo me lo impedía. Traté varias veces de soltarme de aquel agarre pero no tenía las fuerzas suficientes para hacerlo.

    -¡Elizabeth, para!- La voz de Bill hizo que reaccionase. Me tenía agarrada por la cintura con mucha fuerza.- ¡Tranquilízate!- Mi cuerpo dejó de resistirse e intentar soltarse.

    Hasta ese momento, no fui consciente de lo que había hecho. El cuerpo de Andreas permanecía quieto en el suelo, sólo sus ojos abiertos desmesuradamente, me demostraron que estaba "vivo". El sabor de su sangre estaba presente en mi boca al igual que en todo mi cuerpo. Le había mordido y succionado toda la sangre que había podido y si no hubiera sido por Bill probablemente le hubiera... Aparté mi vista de Andreas y abracé a Bill. Mis lágrimas, esta vez, se camuflaban en su camiseta.

    -Ya ha pasado.- Su mano se posó sobre mi cabeza y empezó a acariciarla.- Escúchame, vas a salir de la habitación sin mirar a Andreas, te vas a dar un baño, te meterás en la cama y te quedarás dormida. ¿Entendido?- Sólo pude mover mi cabeza en señal de afirmación y separarme de él.

    No me atreví a mirarle a la cara, no era digna de ello. Mis pasos eran descontrolados y tenía la sensación de que me tropezaría y caería al suelo. Salí por la puerta. Me sentía como un zombie. Mi mente no reaccionaba y mi cuerpo se movía por pura inercia.

    Entré en mi habitación y cerré la puerta. No me apetecía bañarme sino dejar la habitación a oscuras y esconderme en mi pequeño rincón. Así que eso hice. Cerré las cortinas, apagué la luz y me senté en el rincón más oscuro de la habitación. Abracé mis piernas y hundí la cabeza entre ellas.

    Me sentía sucia y avergonzada. No había sido capaz de mantener a mi instinto alejado. Había perdido el control sobre mí misma y eso nunca me había pasado. En ese momento, quería morirme. Había estado a punto de matar a una de las personas que más quería y eso me lo perdonaría nunca. Andreas no se merecía eso, ni él, ni nadie. No podría mirale a la cara después de esto.

    Nunca me había sentido tan mal. Había abusado de la confianza de Andreas de la forma más rastrera que había. ¿Era esto ser una vampiresa? Si era así, yo no quería. No quería ser un monstruo que se alimenta de la gente que más quiere para su propia supervivencia. No quería hacerle daño a nadie más. No sabía hasta dónde sería capaz de llegar por dos gotas de sangre y eso me asustaba. ¿Qué pasaría si un día me pasa lo mismo en la calle? ¿Mataría a la primera persona que me cruzara? ¿Y si era un niño? ¿También lo haría?

    Escuché la puerta abrirse y unos pasos acercarse hasta donde yo estaba. No me moví un ápice, no quería que nadie me viese ahora. Sentí la presencia de alguien junto a mí. No sabía quién era pero no era lo que más me importaba en ese momento. Sólo quería desaparecer para siempre y no hacer daño a nadie más.

    Sentía aquella presencia a mi lado y mirándome. No se puede ver nada en la oscuridad o sería que yo no veía aún bien en ella. La oscuridad me reconfortaba como en este momento. Nadie podía ver como estabas física y moralmente. Quizás la persona que estaba a mi lado sólo fuera Liz, la niña que no me había dejado respirar desde ayer.

    -Vete...- Sólo era capaz de soltar un pequeño susurro inaudible. No la quería conmigo, no ahora. Necesitaba estar sola, lejos del mundo.- Vete, por favor.- Otra vez los ojos me ardían y amenazaban con precipitar pequeñas gotas sobre mi cara.

    Quien fuera que estuviese ahí, se levantó. No le veía pero podía sentir cada uno de sus movimientos. Me había hecho caso y se iba. Por primara vez, aquella niñita me hacía caso y se lo agradecía. Sabía que era fruto de mi imaginación pero agradecí enormemente a mi mente que dejara de hacerme más daño.

    -Huir es de cobardes.- Esa voz, la frase de aquella vez en la azotea de la biblioteca, la primera vez que le vi...

    Por fin, todo mi ser despertó del letargo en el que me había sumergido y reaccionó. Me levanté corriendo y corrí las cortinas rojas que ocultaba al sol de mis ojos. No había nadie. Otro estúpido juego de mi cabeza. Me lo había imaginado como todo, pero su voz parecía tan real... Puede que fuera por el hambre que tenía o porque simplemente necesitaba escuchar su voz. Fuera lo que fuese, ahora lo necesitaba.

    Anduve frente al espejo y me miré. Mi cara estaba manchada del color del pecado, al igual que mi cuello y parte de mi ropa. Me daba asco tenerme frente por frente. Me miré con desprecio porque ante mí sólo tenía al monstruo más asqueroso que existía.


    [...]


    Tras bañarme y borrar de mi cuerpo toda muestra de mi delito, me tiré en la cama. Tendría que ser las diez o las once de la noche. Todo estaba oscuro fuera.

    Mi móvil sonó y desvaneció mis ganas de dormir. La pantalla iluminada me mostró que tenía un nuevo mensaje. Pulsé el botón que me mostraría el dueño del SMS. Un mensaje de Adam. No sabía si abrirlo o no. Estaría enfadado por lo que pasó y no me encontraba con fuerzas de leer ciertas cosas aunque a él también le debiera una explicación.

    Abrí el mensaje.


    Siento mucho lo del otro día, espero que puedas perdonarme. No debí haberte tratado así, lo siento. Necesitaba escuchar tu voz pero no me atrevo a llamarte. No merezco hablarte después de todo.

    Como siempre, se volvía a sentir culpable. Yo sí que le debía pedir perdón, no él a mí. Adam sólo era otra persona a la que le estaba haciendo daño y complicando la vida.


    Soy yo la que no merece que te preocupes y la que debería pedirte perdón. Así que PERDÓN por todo lo que pasó. No quería que te enfadaras, simplemente no quería que nos hiciéramos daño mutuamente. Yo no quiero que sufras. No me lo perdonaría jamás.


    Le di a enviar. Escribí tan sólo una cuarta parte de lo que realmente sentía. Adam se había portado tan bien conmigo durante todo este tiempo que no se merecía estar al lado de alguien tan despreciable como yo. Él no tenía porqué sufrir por cosas ajenas. Desde que le conocía, se había metido en más líos por mi culpa que por cuenta propia.

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